Columna

No hay refugio. Y eso es cine

No todas las cinematografías se atreven a filmar cuando ya no hay promesa de consuelo. La nuestra, hoy, sí. Algunas de las películas del año son la prueba

Madrid·
Publicado:

Actualizado:

José Ramón Soroiz en un fotograma promocional de 'Maspalomas', de José Mari Goenaga y Aitor Arregi
José Ramón Soroiz en un fotograma promocional de 'Maspalomas', de José Mari Goenaga y Aitor Arregi · Fotografía: Bteam Pictures

No puedo evitar preguntarme qué demonios pasa en la cabeza de los creadores que, de alguna forma, parecen un oráculo. Por si fuera poco, sus ideas siempre confluyen en un hilo conductor, independientemente de dónde vengan o cuáles sean sus motivaciones. Os prometo que cuando las narrativas de la temporada se miran como un conjunto todo encaja perfectamente y tiene un significado común. Para aterrizarlo, lo pondré en hechos recientes. Pensemos en las cinco grandes películas finalistas de los Feroz en drama. Son historias que dialogan desde el choque, el silencio y la intemperie para trazar el momento más valiente del cine español.

¿Lo mejor? Conversan entre sí sin saberlo. No porque se parezcan ni porque compartan una estética reconocible, sino porque responden al mismo malestar desde lugares distintos. Los dramas que se sitúan en el centro de los filmes elegidos no forman una corriente ni un manifiesto, pero sí dibujan un mapa. Uno incómodo, que no promete salida. Que coincidan ‘Los domingos’, ‘Maspalomas’, ‘Romería’, ‘Sirat’ y ‘Sorda’ no es casual. Tampoco responde a una moda crítica ni a una corrección de época. Es el resultado de un cine que ha decidido no protegerse. Que confía en su capacidad de sostener la complejidad sin traducirla en consuelo.

El drama sin redención

Estas películas no entienden el drama como un camino hacia la reparación. Renuncian a ese pacto. No quieren cerrar heridas ni ofrecer aprendizaje. Quieren mirar. Y en ese gesto hay una madurez poco frecuente.

Aquí el conflicto no estalla: se incrusta.

La familia no salva ni destruye: desgasta.

La memoria no reconcilia: pesa.

El cuerpo no simboliza: condiciona.

‘Los domingos’ observa la intimidad familiar como un sistema político microscópico, donde nadie rompe del todo y, por eso mismo, nada se resuelve.

‘Maspalomas’ filma el tránsito vital sin nostalgia ni épica, con una serenidad que no consuela.

‘Romería’ vuelve al origen no para idealizarlo, sino para comprobar que la raíz también puede asfixiar.

‘Sorda’ desplaza la mirada hacia la percepción, obligando al espectador a abandonar la comodidad de la norma y a escuchar desde otro lugar. Es un cine concentrado. Que ha entendido que la profundidad no necesita volumen.

Y entonces: boom, aparece ‘Sirat’.

No para armonizar el conjunto, sino para romperlo.

‘Sirat’ es espectáculo. Y es experiencia. Cine pensado para la sala, para el cuerpo, para la vivencia colectiva llevada al límite. Pero no como promesa de placer ni como rito de comunión. Como desgaste. Como saturación sensorial que no conduce a ninguna revelación. Aquí no hay espiritualidad ni fe. Hay búsqueda y decepción. Deseo de pertenencia y su fracaso. Outsiders, sin épica, sin relato heroico, que no encuentran lugar ni en el centro ni en los márgenes idealizados. Comunidades precarias que no generan refugio.

El golpe de ‘Sirat’ no consiste en sacudir para despertar, sino en llevar la experiencia hasta el extremo para mostrar algo brutal: ni siquiera ahí hay garantía de sentido.

Se entra en grupo.

Se sale solo.

El diálogo incómodo

Leídas en conjunto, estas películas revelan algo fundamental: el cine español actual no ha elegido una sola forma de abordar el malestar contemporáneo. Ha elegido explorar sus límites.

Unas llegan al vacío por acumulación silenciosa: rutinas, herencias, gestos mínimos que se repiten hasta erosionar.

‘Sirat’ llega por colapso: ruido, velocidad, sobreestimulación.

El punto de llegada, sin embargo, es inquietantemente similar: no hay un lugar estable donde apoyarse. Ni la familia, ni la fe, ni la memoria, ni siquiera la experiencia compartida garantizan protección.

No es nihilismo. Es lucidez.

Este cine es un triunfo

Conviene decirlo sin rodeos: hacer estas películas es un triunfo. No por su paso por los premios, sino por su existencia misma. Porque implican riesgo, tiempo, confianza y una valentía creativa poco habitual. Este cine no pide permiso ni se justifica frente a otros modelos. No baja el volumen para resultar amable ni sube el tono para parecer relevante. Se sostiene en su complejidad. Confía en el espectador. Y eso es solidez.

No es que estas películas sean pesimistas.

Es que se niegan a mentir.

Algunas llegan a esa verdad desde el silencio.

‘Sirat’, desde el ruido.

Pero todas comparten una apuesta común y valiente: filmar sin prometer consuelo. Y en un tiempo que exige soluciones rápidas y emociones digeribles, esa negativa no es una derrota.

Es una conquista.


También te puede interesar