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Opinión
De 'La bola negra' a 'Tender Loving Care': por qué volver a emocionarnos es un lujo
El triunfo de la última Concha de Oro y el aluvión de público de la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi ponen de relieve la empatía comunitaria en el séptimo arte
Durante un tiempo pareció que conmover era demasiado fácil. Lo que interesaba era incomodar y provocar. La emoción empezó a mirarse con cierta sospecha, como si una película que buscaba tocar al espectador sin reparos estuviera tomando un atajo. Hacer llorar podía considerarse manipulador. Entregarse al sentimiento, algo cursi. La sofisticación se encontraba en otro sitio. Por eso resulta interesante mirar lo que ha ocurrido en los festivales durante los últimos meses y lo que nos están diciendo. En San Sebastián, sin ir más lejos, 'Tender Loving Care', de Mike Leigh, ganó la Concha de Oro, además del premio al mejor guion y una Concha de Plata para Kate O’Flynn. Una cinta con la que el director británico, a sus 83 años, vuelve a fijarse en personas comunes y en algo tan sencillo como nuestra necesidad de cuidar y ser cuidados.
En ese mismo festival, el Premio del Público fue para 'La bola negra', de Javier Calvo y Javier Ambrossi, con una puntuación de 9,40. Llegaba después de ganar en Cannes el premio a la Mejor dirección, ex aequo con Pawel Pawlikowski, y de haber sido elegida por los espectadores como Mejor Película internacional en Sídney además del título de favorita del público en Toronto. Tres festivales separados por miles de kilómetros, con públicos muy distintos reaccionando de la misma manera ante la misma película. Leigh y los Javis también están en registros cinematográficos muy diferentes. Precisamente por eso me interesa acercarlos. No comparten una estética ni una generación. Y da igual porque hay algo mucho más elemental que une a sus películas: la confianza en que todavía merece la pena intentar tocar al otro.
Eso, que debería ser lo más natural del mundo, hoy entraña cierto riesgo. Nos hemos acostumbrado a desconfiar cuando una película quiere emocionarnos demasiado. A preguntarnos si nos está utilizando justo cuando empezamos a sentir algo. Como espectadores también hemos aprendido a protegernos. Siempre resulta más cómodo explicar por qué una película es extraordinaria que admitir que hubo un momento en el que nos rompió por dentro. Durante años pareció que la distancia daba prestigio. El cine podía ser cerebral, incómodo, extraño, hermético, incluso incomprensible. Pero cuando apelaba sin demasiados rodeos a lo emotivo aparecía enseguida una palabra peligrosa: sensiblera, ingenua. Como si sentir rebajara de alguna manera la experiencia de pensar.









