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Opinión
El peligro creativo de que ya nadie te diga que no en el cine
El resultado de los últimos trabajos de Asghar Farhadi o Wes Anderson reabre el debate sobre los límites a los que se enfrentan los directores y las producciones

Hay algo que ocurre cada vez con más frecuencia en el cine de autor contemporáneo y que rara vez se discute abiertamente. Las películas se están haciendo cada vez más largas. No hablo únicamente de duración sino de una tendencia más profunda. De historias que se expanden, se ramifican, se permiten rodeos, acumulaciones, repeticiones. Películas que parecen incapaces de renunciar a nada. Como si cada idea, cada escena y cada personaje merecieran permanecer en el montaje final. El fenómeno atraviesa cinematografías, generaciones e incluso estilos. Y afecta especialmente a quienes, paradójicamente, más admiramos: los grandes autores.
La última edición del Festival de Cannes volvió a poner el tema sobre la mesa. Por poner un ejemplo, entre las películas más esperadas estaba 'Historias paralelas', la nueva obra de Asghar Farhadi. El director iraní construyó su prestigio con cintas extraordinarias como 'Nader y Simin, una separación', 'El viajante' o 'Un héroe'. Todos ellos relatos de una precisión narrativa poderosa donde cada gesto tenía consecuencias y cada conflicto parecía extraído directamente de la vida. Farhadi siempre fue un maestro de la contención. Sus películas avanzaban como una maquinaria invisible. Nada sobraba ni estaba ahí para exhibir inteligencia o virtuosismo. Todo respondía a una necesidad dramática. Sin embargo, al ver su más reciente trabajo, surge una sensación que no tiene tanto que ver con la calidad de la película como con una tendencia más amplia. La impresión de que muchos cineastas consagrados empiezan a perder aquello que fue su brújula: la capacidad de distinguir entre lo importante y lo accesorio.
Es una contradicción fascinante porque durante años los directores luchan contra los límites. Falta dinero. Falta tiempo. Los productores exigen recortes. Los rodajes obligan a simplificar. Las restricciones son constantes. La creatividad tiene que estirarse. Cada página de guion, pelearse. Después llega el éxito. Y con él desaparecen muchas de esas barreras. De pronto hay más presupuesto. Más libertad. Más confianza. Más margen para hacer exactamente lo que se desea. Pero lo que suena como un sueño a veces termina siendo una trampa. Porque las limitaciones no sólo restringen. También ordenan. Obligan a tomar decisiones, a elegir y, sobre todo, a preguntarse qué es verdaderamente esencial.








