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Columna

Hollywood, la Super Bowl y la disputa por la guerra simbólica

Del cine a los escenarios masivos, la representación cultural es campo de poder y la visibilidad latina revela que la batalla central ya no es territorial, sino emblemática

Madrid·
Publicado:
Bad Bunny durante su actuación en la Super Bowl de 2026
Bad Bunny durante su actuación en la Super Bowl de 2026 · Fotografía: Getty Images

La distopía no llegó como ruptura. Se volvió rutina. No hubo un día en que todo cambiara sino pequeñas decisiones aceptadas sin resistencia. El error fue esperar un golpe visible. Sin embargo, el cine comprendió hace tiempo que la erosión de la libertad se trataba de un proceso simbólico y no de una guerra común. Durante décadas, la ficción especulativa imaginó futuros cerrados y sistemas autoritarios fácilmente reconocibles. Hoy esas imágenes resultan casi ingenuas. El poder actual no necesita imponerse con espectáculo: regula, administra, reordena con el simple consumo. Y en ese desplazamiento, el cine dejó de imaginar escenarios extremos para señalar mecanismos que ya estaban en funcionamiento.

‘Hijos de los hombres’ (Alfonso Cuarón, 2006) no trataba sobre infertilidad. Su tesis principal era la de un Estado que convierte la violencia en política pública como la que vemos ahora en los titulares. Jaulas. Redadas. Campamentos improvisados. Cuerpos expulsados del encuadre. El migrante reducido a problema operativo. El miedo integrado en la vida cotidiana. Esa misma lógica aparece en ‘Night Raiders’ (Danis Goulet, 2021): separación de familias, militarización de lo doméstico, vigilancia presentada como protección. La cámara no exagera. Muestra. Como si entendiera que el autoritarismo contemporáneo no necesita grandilocuencia, sino normalización.

Más inquietante es el desplazamiento hacia la protección de élites blindadas. En la serie ‘Pluribus’ (Vince Gilligan, 2025), apenas una docena de personas conservan la razón. El resto vive dentro del sistema, pero sin capacidad de decisión. No desaparece: queda excluido del poder. La libertad convertida en privilegio administrado. En una felicidad sucedánea. ‘Una batalla tras otra’ (Paul Thomas Anderson, 2025) sitúa el conflicto en el interior. El enemigo ya no llega desde fuera; es designado desde dentro. El migrante, el vecino, el otro redefinido como amenaza estructural. No hacen falta avances tecnológicos espectaculares. Basta controlar el relato y legitimar la sospecha para que todo colapse y se cree una guerra civil cultural.

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