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Crítica | Series
La segunda de 'Bronca' enfrenta a millennials contra centennials en su crítica al capitalismo tardío
Oscar Isaac y Carey Mulligan encabezan el reparto de la segunda temporada de la antología creada por Lee Sung Jin y que está disponible en Netflix desde este jueves
Actualizado:
Solo unos días después de que se hiciese público el nuevo acuerdo entre Lee Sung Jin y Netflix, la segunda temporada de ‘Bronca’ aterrizaba (el pasado jueves) en la plataforma aprovechando la fórmula de tensión in crescendo de la primera, mejorando algunos puntos de la misma y explorando un enfrentamiento voraz entre una pareja de milennials –nacidos entre 1981 y 1996– y una de centennials –nacidos entre 1995 y 2010– atrapadas ambas en la rueda imparable del capitalismo tardío cuales hámsteres. Ocho capítulos que bien podrían haber sido seis para beneficio del ritmo, la trama y el espectador y con unos Oscar Isaac y Carey Mulligan tan divertidos como desbocados cuando tocaba. Dándoles la réplica, Charles Melton y Cailee Spaeny.
‘Bronca’ funciona como una antología, lo que implica que en esta segunda temporada no hay ni rastro de Steven Yeun y Ali Wong (protagonistas de la primera). Lee Sung Jin, su creador, coguionista y codirector, resetea con un nuevo reparto, una nueva idea y ajusta la fórmula. Esta vez, en lugar de centrarse en la bronca, la pelea, de solo dos personajes, amplia el cuadro a dos parejas. Y eso le sienta muy bien al esquema explotado. No tanto que caiga en las repeticiones y vueltas sobre lo mismo como ya le ocurría a la anterior entrega. A un lado, Joshua Martín (Oscar Isaac) y Lindsay Crane-Martín (Carey Mulligan). Él, gerente de un exclusivo club. Ella, decoradora. Forman una pareja de clase media que aspira a codearse con la clase alta que pulula por el club. Se relacionan con ellos, pero no son sus iguales. Y lo mismo ocurre con Ashley Miller (Cailee Spaeny) y Austin Davis (Charles Melton), una pareja joven que aspira a alcanzar el nivel de los Martín.
Sus caminos se cruzan, más allá de que compartan espacio laboral, porque los segundos presencian una pelea, subida de tono y hasta violenta, de los primeros en el garaje de su casa. Y así, grabación en vídeo mediante, se inicia una escalada de encuentros y desencuentros que empieza ‘solo’ con un chantaje casi con buenas intenciones. El juego que propone el guion, que se mueve con sus propias reglas, es que ambas parejas funcionen como espejo la una de la otra. Ashley y Austin porque primero aspiran a convertirse en Joshua y Lindsay. Hasta que se dan cuenta de la realidad que se esconde tras esa fachada de perfección y empiezan a verles como ese tipo de pareja que no quieren ser. En el caso de Joshua y Lindsay, porque, dentro de sus prejuicios hacia la generación Z (razones les dan de sobra estos dos), en el fondo envidian un poco esa fase de enamoramiento y ambición inocente que destilan al principio de la serie.









