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Crítica desde Cannes

‘Algo viejo, algo nuevo, algo prestado’, una muestra más del brío del cine latinoamericano

El tercer largometraje del cineasta argentino Hernán Rosselli forma parte de la programación de la 56 edición de la Quincena de Cineastas del Festival de Cannes

Cannes·Actualizado: 16.05.2024 - 08:30
Fotograma de la película ‘Algo viejo, algo nuevo, algo prestado’, de Hernán Rosselli
Fotograma de la película ‘Algo viejo, algo nuevo, algo prestado’, de Hernán Rosselli · Fotografía: Quincena de Cineastas

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Cuando en el anuncio de la programación de la 56 edición la Quincena de Cineastas Julien Rejl, delegado general, alabó la vitalidad, singularidad y energía sin igual de la cinematografía latinoamericana, no exageraba. La película ‘Algo viejo, algo nuevo, algo prestado’, de Hernán Rosselli, es una buena muestra de ello. En su tercer largometraje después de ‘Mauro’ (2014) y ‘Casa del teatro’ (2018), el cineasta argentino, acostumbrado a navegar entre la ficción y el documental -bien como director, bien como montador-, presenta un fascinante cruce entre thriller, policiaco, drama, true crime y documental ficcionado.

Rosselli se sumerge en la subcultura criminal de los 'quinieleros' a través de los Felpeto, una familia dedicada desde hace varios años a las apuestas clandestinas cuyo cuartel se encuentra en una urbanización privada de clase media en la periferia de Buenos Aires. En esta historia estamos ante personajes reales que se interpretan a sí mismos, por lo que la frontera entre la realidad y la ficción queda absolutamente diluida. Tras la muerte de Hugo Felpeto, su mujer Alejandra -‘Ale’- toma las riendas del negocio familiar, secundada por su hija Maribe. La empresa toma pues un interesante cariz matriarcal. Desde las colindantes casas blancas tipo bungalow, despojadas de lujo, las mujeres mantienen el control de la zona: la vivienda de una sirve de ‘oficina’, en la otra se reciben las apuestas.

Para ‘Algo viejo, algo nuevo, algo prestado’, además de las escenas rodadas en el presente, Rosselli se vale de videos caseros de los años 80 y 90, además de de puntuales voces en off de Maribel y Ale. Con ese material reconstruye la historia del desarrollo del nexo entre Hugo y Ale y de estos con su hija, así como las relaciones con sus trabajadores y otros 'quinieleros'. Pero también echa mano de las numerosas cámaras de vigilancia apostadas tanto en los exteriores de la urbanización como dentro de las casas donde mueven cantidades ingentes de dinero. Números y cifras se escuchan constantemente intercalado con una melodía que va tejiendo esta historia que atrapa. El montaje a cargo de Rosselli, Federico Rotstein y Jimena García Molt es pues toda una hazaña.

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