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Columna

La ilusión de la neutralidad en tiempos de conflicto

Por qué lo que ardió en el Festival de Berlín 2026 no fue la frase de Wim Wenders apostando por cineastas sin postura, sino la fantasía de un cine apolítico

Madrid·
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Imagen de recurso de un Oso de Oro de Berlín, el máximo galardón del festival alemán
Imagen de recurso de un Oso de Oro de Berlín, el máximo galardón del festival alemán · Fotografía: Berlinale

La Berlinale no se incendió por una frase. Se incendió porque esa frase tocó un nervio expuesto. Cuando Wim Wenders sugirió que los cineastas no deberían entrar en política, no estaba diciendo nada nuevo. Lo radical fue el momento. Lo radical fue decirlo en Berlín. En un festival que ha construido su identidad sobre la memoria histórica, la conciencia crítica y el gesto político. En una ciudad donde el siglo XX no es metáfora sino cicatriz. La Berlinale no es un escaparate neutro, es una institución que ha hecho del posicionamiento una seña de identidad. Ha acompañado causas, ha premiado películas incómodas, ha convertido la programación en declaración simbólica. Por eso la reacción fue tan intensa. Porque la frase no cayó en el vacío, cayó sobre una historia institucional que presume compromiso.

Lo que alimentó el debate no fue únicamente Gaza. Fue la sospecha de incoherencia. En los últimos años el festival se ha pronunciado con claridad frente a la invasión rusa de Ucrania o la represión en Irán. Esa memoria reciente volvió la pregunta inevitable: ¿por qué ahora la prudencia?¿Por qué ahora la distancia?

No se trata de exigir consignas. Se trata de ser congruente.

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