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'La homilía' de Pedro Vallín. Feminismo intramuros

En la aproximación a la dialéctica hogar/mundo hemos obviado que cuando el mundo es monstruo, el hogar es libertad, una conquista del liberalismo burgués

Madrid·
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El periodista Pedro Vallín, durante una de las ediciones de su video semanal 'La homilía'
El periodista Pedro Vallín, durante una de las ediciones de su video semanal 'La homilía' · Fotografía: KINÓTICO

Un reducido espacio a salvo del mundo y sus monstruos. Eso es también el hogar. Aunque sea prisión. En la estremecedora 'La habitación' (2015), de Lenny Abrahamson, una hipótesis inspirada en casos como el de Natascha Kampusch, una madre secuestrada en un pequeño zulo da a luz un hijo en cautividad al que educa en la ficción de que la prisión, la habitación, es el único mundo real y es un mundo amable y seguro. La misma habitación que para ella es prisión y tortura, violencia atroz, la reconstruye para el pequeño como un espacio seguro en el que no caben incertidumbres ni amenazas, en una de las más logradas aproximaciones a la caverna de Platón que ha visto el cine.

Esa es la condición dual del concepto de hogar: prisión y refugio. El estricto distingo entre la vida privada y la pública, esa frontera que todos consideramos una muralla infranqueable, es un invento burgués que tiene que ver con la soberanía individual. Considerando que el liberalismo nace como un movimiento de emancipación frente a los excesos confiscatorios y belicistas del absolutismo monárquico, el derecho de propiedad y la inviolabilidad del domicilio son hijos de aquella respuesta, un pie en pared que visto hoy no todos entienden en lo que significa, y que trajo la sacralización del espacio íntimo como un territorio al margen de las inquisiciones del Estado. Por lo tanto, en sociedades regidas por el totalitarismo, un espacio para la realización personal que ensancha las fronteras de lo que fuera está permitido. El escritor Mario Benedetti exploró esta dualidad en 'La tregua', cuyo protagonista, Martín Santomé, encuentra en sus amores íntimos con Laura Avellaneda un territorio en el que su vida puede ser más plena que en su gris existencia pública.

Si la intimidad es refugio cuando el mundo es hostil, por lógica, serán los colectivos perseguidos o vulnerables los llamados a fundar en ella una república de libertad. Así, desde 'Madame Bovary', de Gustav Flaubert, en cualquiera de sus muchas adaptaciones cinematográficas, especialmente recomendables las de Vicent Minelli, de 1949, y Claude Chabrol, de 1991, la mujer ha buscado en el espacio íntimo la realización de la libertad que le es vedada en el espacio público. Ahí reside la naturaleza eminentemente femenina de la novela burguesa del XIX, y aunque los ejemplos paradigmáticos sean la citada 'Madame Bovary', 'La regenta' de Clarín y 'Ana Karenina', de Tolstoi (inolvidable Greta Garbo en la versión de Clarence Brown de 1935), será material predilecto de la novela inglesa en los rigores de la época victoriana, con 'Jane Eyre', de Charlotte Bronte, publicada en 1847, como mascarón de proa, adaptada al cine, entre otras ocasiones, en 1943 por Robert Stevenson, con Joan Fontaine y Orson Welles, como dupla protagonista.

Así pues, el hogar, que el hombre construyó como prisión para la mujer y el resto de sus avíos, también se convirtió en un castillo desde el que tratar de operar un espacio de libertad para la mujer con el que emanciparse de su sumisión histórica. Si piensan en exitazos como Maurice, la célebre película de 1987 de Jame Ivory a partir de una novela de E. M. Foster, o en 'Fresa y chocolate', de 1993, de Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea, la homosexualidad masculina tomó ejemplo de las Jane Eyre anglosajonas y ensayó la posibilidad de que, de puertas adentro, cupiera una libertad al menos parcial.

Hace pocos días, la cineasta Paula Ortiz y el ensayista Dioni López reflexionaban sobre el salto cualitativo que hay entre las ciudades de 'Blade Runner' (1982) y 'Her' (2014), el Los Ángeles postindustrial de la una y el postdigital de la otra, y concluían que mientras una pone en pantalla las promesas incumplidas de la revolución industrial (coches voladores incluidos), la otra plasma las promesas de la sociedad digital (ecofriendly, llena de árboles y espacios amables). También, la primera propone un espacio público agresivo pero donde los humanos interactúan, mientras la segunda dibuja una urbe menos hostil pero también mucho menos comunitaria, donde apenas hay interacción social. En la segunda, Theodore se repliega hacia la digitalización del hogar para buscar sentido y afecto, que solo encuentra en un sistema operativo.

La ganadora del Oscar 'Parásitos' (2019), de Bong Joon-ho, nos enseñó que la vulnerabilidad del espacio doméstico no es igual según la clase social, pero existe en ambos casos. Y la protección que la intimidad ofrece depende de la naturaleza del espacio exterior. Tiende a ser prisión cuando fuera mora la libertad, como en las democracias occidentales, y tiende a constituirse en refugio cuando fuera campan la violencia y las convenciones sociales y religiosas. Por eso, depende del colectivo al que uno pertenece que encuentre en ella protección o celda.

Como nos enseñó 'Teresa' (2023), de Paula Ortiz, basada en la obra de teatro 'La lengua en pedazos', de Juan Mayorga, no toda clausura es cárcel. Aludiendo al monasterio de La Encarnación, dice Teresa, dibujando la defensa contra un mundo de hombres: “No está esa casa fundada en perfección. No se promete clausura. Salen las monjas a muchas partes, y entran muchos. Entran a la Encarnación por apartarse del mundo y allí entran en mil mundos (…) Pocos entienden que la clausura es libertad. Yo pude pagar caro vivir en monasterio abierto. En la Encarnación hay monjas que pagan celda grande y criadas y hasta esclavas. Convento, Iglesia, mundo han de ser casa de iguales”. El Inquisidor, con el rostro de Asier Etxeandía, ve el riesgo de lo que plantea Teresa y responde: “¿No os enseñaron a medir las palabras antes de llevarlas a la boca? Las vuestras suenan a utopía, a república de mujeres, a disparate”.

Lo que Teresa pretendía con su fundación de clausura en el siglo XVI era pues proteger la intimidad femenina de hombres depredadores y ávidos de poder. Pura actualidad.

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