Entrevista
José Sacristán, en el programa 500 de Kinótico: "Yo quería mostrarle a mi padre que podía ganarme la vida con esto"
El actor apadrina la celebración de los 500 programas de Kinótico con una entrevista en la que habla de su vida, su trabajo y su visión de un presente convulso
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Kinótico cumple 500 programas, lo que significa más de 500 semanas hablando de cine y de series. Para celebrar este aniversario, hemos recibido en el estudio al actor José Sacristán. David Martos, acompañado de Daniel Mantilla, Iñaki Mayora y MLuz Climent, ha repasado la vida y la profesión de uno de los rostros imprescindibles para entender el cine español. Este actor clave de los últimos 60 años del celuloide, galardonado con el Goya de Honor o el Premio Nacional de Cinematografía, ha compartido en este programa sus logros, sus reflexiones sobre la industria o el momento presente que vive el mundo, siempre desde la perspectiva de quien no tiene en sus planes detenerse ni mucho menos bajarse del escenario.
José Sacristán Turiégano, nacido en Chinchón (Madrid) en el año 1937, recuerda en Kinótico cómo sus inicios como "cómico" estuvieron impulsados por el deseo de demostrarle a su padre que podía labrarse un futuro en la profesión. 'La familia y uno más', su primer trabajo en la pantalla, dio paso a títulos míticos como 'El diputado', 'Un hombre llamado Flor de Otoño' o 'Solos en la madrugada', a decenas de obras de teatro o musicales como 'El hombre de la Mancha', a cintas de culto que le dieron el reconocimiento de los premios -como 'El muerto y ser feliz'- o a series de televisión que le proporcionaron una inmensa fama, como 'Este es mi barrio' o 'Velvet'. Con Sacristán conversamos de toda una vida de actuación... que continúa con 'El hijo de la cómica', la obra basada en 'El tiempo amarillo' de Fernando Fernán Gómez con la que sigue de gira.

¿Hasta qué punto empalagan, cansan, gustan o se sobrellevan los homenajes, Pepe? Porque, con 88 años cumplidos, con más de seis décadas de carrera, igual uno se aburre de hablar de sí mismo, ¿no?
Hay que procurar mantener un equilibrio, no vivir pendiente de esto. Todo reconocimiento siempre se agradece, que duda hay, aunque unos más que otros. Pero siempre con una perspectiva, una distancia, que es algo que yo aprendí de mi maestro y amigo Fernando Fernández Gómez. No caer en espejismos, mantener el equilibrio, saber esquivar, saber mantener... Y entonces, por ahí, yo agradezco y celebro todo tipo de reconocimiento, procurando no vivir pendiente de ello, teniendo en cuenta lo más importante para mí, que es la satisfacción del trabajo, que yo he elegido y que sigo amando como el primer día. En definitiva, seguir jugando, que es lo que más me importa.
Sigues, porque estás de gira con tu última obra de teatro. ¿Qué te parece ese cambio de la industria, desde el primer rodaje que pisaste?
Bueno, hay cosas que celebro mucho más de lo que no celebro, por así decirlo, aunque hay cosas que, con su desaparición, se pierde algo de una especie de pálpito, de noticia de lo puramente físico, al desaparecer el celuloide, al desaparecer ciertos mecanismos. Por ejemplo, yo me niego terminantemente a que se diga “se graba”, es un principio moral, hay que defender “se rueda”. Aquí se sigue rodando. Pero yo estoy maravillado de los adelantos técnicos y maravillosos, qué duda cabe. Ahora, algo ha ido en detrimento de una relación de amor, por así decirlo, de cuidado, de atención, de algo de andar por casa entre el peliculero y la película. Algo se ha ido perdiendo con el avance técnico o tecnológico y hay algo de pellejo, de contacto de piel. Pero no nos pongamos más nostálgicos, porque en realidad yo soy el primero en celebrar la calidad media de la ficción en España. Me parece formidable. Posiblemente lo mejor que te puede pasar cuando sigues trabajando con 88 años es trabajar con gente joven y comprobar cómo el talento y el coraje y el buen hacer y el amor a esto siguen ahí permanentes, como en todos los tiempos. No todo el mundo es un genio, ni todo el mundo son unos imbéciles, pero hay una renovación permanente y formidable, tanto de equipos técnicos como artísticos.
Entrevista con José Sacristán en el programa 500 de Kinótico: "Yo quería mostrarle a mi padre que podía ganarme la vida con esto"
|00:00Queríamos preguntarte también por el cambio en los medios de comunicación que hablamos de cine. Antes era muy distinto hacer promoción de una película.
Era todo muy artesanal, todo muy de mesa camilla. Ahora ya he perdido un poco el contacto con esto, porque en realidad hace ya tiempo que decidí que el cine y la televisión necesitan de unos tiempos de los que ya no dispongo (…) No quiero madrugar, y no quiero pasar frío en exteriores, en invierno, ni calor en verano. El teatro me permite hacer lo que quiero hacer. Cuento con la fidelidad de un número de personas que, como decía mi padre, me compran los ajos, y puedo hacer lo que quiero. Y, de hecho, he estado cinco años haciendo 'Señora de Rojos a fondo gris' o 'Muñeca de Porcelana'. Fue muy bonito compartir la gira de 'Señora de Rojos a fondo gris' con el rodaje de 'Altamar', una serie para Netflix, donde el día que menos gente veía eran 500, y era un decorado con el barco, prodigioso, era una maravilla. Y un día un ejecutivo de Netflix vino a decirme que estaban todos muy contentos, la serie se estrenaba en alrededor de 180 países (…). Yo debo tener cuidado de que mi trabajo no dependa de un medio que es el que me proporciona tal cantidad de gente, porque eso puede ser una servidumbre. Yo hago una convocatoria a título personal y hay una respuesta. Con todo, digo, insisto en celebrar, y sobre todo nada de mirar por encima del hombro a las cámaras, ni a las de televisión, ni a las del cine. Hacerlo bien es igual de difícil en cualquier medio y, sobre todo, la cámara lo que tiene es algo formidable, que es un ejercicio de humildad, porque la cámara te siente y mira. Celebro estar con vosotros aquí, comentando todos estos pormenores, porque me sigo dedicando a algo que amo profundamente.

Son más de 120 películas, decenas de series de televisión, obras de teatro, pero también musicales. Tu maestro Fernán Gómez decía que había que trabajar viniera lo que viniera.
Claro, somos unos profesionales de esto, y yo por eso recuerdo mis comienzos, y que a nadie le toca ni un pelo de la ropa a la memoria de agradecimiento que yo tengo hacia Mariano Ozores, Rafael Gil o Pedro Masó, todos estos que confiaron en mí. Cuando me hablan algunos del sacerdocio de la interpretación, del compromiso, yo, como ciudadano, tengo una manera de pensar, y la he manifestado, la defiendo e incluso doy la cara por ella (…) Yo le quería demostrar a mi padre que yo podía ganarme la vida con esto, que yo podía vender los ajos, que yo he ido aprendiendo sobre la marcha, y he pagado el recibo de la luz y el colegio de mis hijos, y lo que hace falta, y como ciudadano, lógicamente, estoy en un lado y no en el otro, y tengo un criterio y no otro. Eso también lo aprendí de mi maestro y amigo Fernando Fernández Gómez.
Has mencionado a Fernando Gómez, a Mariano Ozores, pero hay muchas otras personas con las que has trabajado y que, lamentablemente, ya no están, como Concha Velasco, Amparo Soler Leal, Adolfo Marsillach o Fernando Esteso.
El otro día repasaba 'La colmena', 'La vaquilla', 'El viaje a ninguna parte'. La cantidad de gente que ya no está, así es esto.
¿Qué tiene la generación de cómicos y cómicas a la que perteneces que vaya a quedar en las películas para el futuro? ¿Qué tiene o qué tenía?
En lo que al teatro se refiere, un principio de abnegación. Las dos funciones diarias, siete días a la semana, algo que contó muy bien Juan Antonio Bardem en 'Cómicos', una película formidable. Y luego el talento. En la España de aquel tiempo, subsistir o sobrevivir en un oficio como este con la dignidad, con el coraje e, insisto, con la abnegación y con el sacrificio y, al mismo tiempo, proporcionando parcelas de cultura, de interés, de curiosidad o de simple divertimento. Creo que, hay lógicamente categorías y diferencias como en todas las épocas, pero a los que nos tocó en la España de aquel tiempo contar las historias que contaban, creo que había una función, una cierta utilidad en cuanto a ayudar un poco a pasar aquello de la mejor manera posible o, en algunos casos -muy felices, por cierto- tomar conciencia de lo que pasaba cuando el régimen, el sistema o el tiempo histórico lo permitió.
El "derrumbe moral"
No podíamos traer a Pepe Sacristán en una fecha tan señalada a un estudio de radio sin recordar al locutor más icónico al que ha interpretado, aquel José Miguel García Carande de 'Solos en la Madrugada', de José Luis Garci. Aquella película era una ficción, pero recogía lo que los alemanes llaman el Zeitgeist, el espíritu de aquel tiempo. Han pasado 50 años desde que acabaron los 40 años. ¿Seguimos hablando de lo mismo o resulta que al andar de los años hablamos demasiado poco de los 40 años?
No, hablamos y en una dirección que no me gusta porque creo, citando a don Antonio Machado, cuando decía que a distinguirme paro las voces de los ecos se oyen voces que remiten a ecos o se oyen ecos que remiten a voces que yo creía que ya no se iban a volver a oír y no solamente en España sino en todos los ámbitos. Ahí tenemos un acontecimiento -además de la brutalidad de Gaza o lo de Ucrania- que a mí me parece particularmente interesante enseñar por lo que tiene de esperpéntico, de terrible en cuanto a dato, que es esta señora Corina Machado entregándole el premio Nobel de la Paz a Donald Trump. ¿Qué pensarán los suecos? He leído una entrevista a Liv Ullman el otro día donde hacía hincapié en esto. Creo que ese hecho -más allá de la brutalidad de Gaza y de todas las guerras, el hambre y la injusticia- significa una especie de derrumbe moral, de escombro, de comportamiento absolutamente muy significativo en lo cutre y yo creo que se va a celebrar una reunión de la gente de la izquierda, va a haber una movilización, algo que venga a señalar que cosas como esta no pueden ser contempladas como un acontecimiento natural. Hay algo que ni siquiera tiene ninguna grandeza trágica (…) ¿Qué pasa? ¿dónde estamos? ¿quiénes somos? Qué barbaridad. Volviendo a los 40 años y los otros 40, y volviendo los que tenemos la edad que yo tengo y hemos vivido la España que hemos vivido, no avanzamos tanto y desde luego no en la buena dirección. La necedad sigue siendo homicida y el necio sigue estando ahí manejando el cotarro, aplaudido y celebrado por mucha más gente de la que le desea.

La izquierda que acabas de mencionar ¿qué parte de responsabilidad tiene en esta agonía a la que asistimos cada mañana cuando ponemos la radio y escuchamos las noticias?
Muchísima. No digo toda, porque toda no es, hay niveles de culpabilidad, lo que es imposible prácticamente es encontrar inocentes. La responsabilidad es total y absoluta. La desfachatez, el mesianismo y la impaciencia del mal aprendiz de cierto sector de la izquierda es estrepitosa, prueba evidente es ver dónde está la extrema derecha. Cada vez que abría la boca un mesiánico de estos, un salvador de la izquierda, eran votos para Vox.
En el Festival de Berlín ha estado muy en cuestión si los artistas y las artistas deben o pueden hablar.
Esto tiene que cambiar, tiene que colapsar. Todo lo que ocurre es de una insolencia y, claro, lo que a mí más me preocupa creo que es que, en ocasiones, lo que hace presentable al impresentable de Trump es lo impresentable del adversario. Claro, eso es lo que más me preocupa, es decir, que no haya una fuerza moral o de las otras capaz de neutralizar comportamientos de esta naturaleza. Hay niveles de culpabilidad, pero inocentes no. Incluso, comportamientos de cierto sector de la política, que a mí me parecen deleznables, son, desde mi punto de vista, por deformación profesional, son aplicables a mi oficio y saben que tienen una galería. Hay una actitud absolutamente impresentable, cutre, grosera, que saben qué es lo que más les gusta a su electorado. Es muy difícil encontrar a inocentes.
Maestros Berlanga y Bardem
Hay un hombre que no hemos mencionado, que es el de Berlanga, que fue muy visionario con muchas de sus películas, pero particularmente con 'Todos a la cárcel'.
Ya estaba todo en 'Plácido'. Yo soy cinéfilo, pero ni Bergman, ni Antonioni, ni Visconti han llegado en su cine de la incomunicación y de la soledad a la altura de 'Plácido', que es la película de los solitarios por excelencia, en un territorio tan pequeño y una gente que no para de hablar y no se entiende ninguno. El maestro Berlanga, y con el maestro Bardem.
'El diputado', de Eloy de la Iglesia, con la ley de peligrosidad todavía vigente, también significa mucho.
Se impuso, no digo la facilidad, pero sí lo que suponía la posibilidad de contar lo que antes no se podía contar. Iba a decir, si no la urgencia, sí la necesidad. Coincidieron más o menos en el tiempo 'Un hombre llamado Flor de Otoño' con Pedro Olea y 'El diputado'. Eloy era un prodigio de cuando las campañas del Partido Comunista, que yo he participado con él. Tuve que discutir con él a propósito del discurso final de este personaje, para decirle que un hombre de izquierdas en aquel momento tenía que considerar sus reivindicaciones en el territorio de la defensa de la homosexualidad. Él tenía la obligación de saber que su electorado, que no iba a aceptar esas propuestas, porque no estaba ni preparado, ni informado, ni nada que se le pareciera. Con Pedro y con Rafael, en 'Un hombre llamado Flor de Otoño' sí se dio más ese equilibrio. Entonces nos contábamos en esas películas, lo hiciéramos mejor o peor, pero teníamos la posibilidad. Era mucho más la satisfacción de estar cumpliendo, por así decirlo, con un deber de ciudadano, a la hora de contar esas historias y asumir los posibles riesgos que valían la pena.
Con todo lo que estás mencionando, te han premiado más bien poco. ¿Qué cosa tan rara son los premios, ¿no?
Sí, claro. Yo sé que me dedico a algo que no es competitivo. Se sabe quién salta más en la pértiga o quién mete para los goles o quién llega el primero a la meta. Pero la osadía de decir en esto que alguien venga a decirte que eres el mejor, lo peor que te puede pasar es que te lo creas. Forma parte de las reglas del juego y del trabajo (…). De pronto aparecen reconocimientos de un pequeño festival de cine de no sé dónde, que son los más tiernos, los más agradecidos, los mejores, donde notas que es de verdad, es realmente formidable y no paran de suceder. Insisto, yo sé que me dedico a algo que no es competitivo. Cuando me lo dan doy las gracias, por supuesto, y lo celebro, pero no depender de ello porque es temerario.
Pasados los 70, una nueva generación de directores te llama y encadenas 'Madrid, 1987', de David Trueba; ‘El muerto y ser feliz’, con Javier Rebollo; y 'Magical Girl', con Carlos Vermut. ¿Te esperabas esas llamadas?
Siempre he esperado porque nunca he tenido capacidad de gestionar un proyecto. Luego me han llamado Kike Maíllo, Pol Rodríguez y Rodrigo Cortés. Hoy han llegado dos ofertas, pero yo tengo este año y casi el 2027 comprometido, sería vtemerario. En el teatro, donde yo pongo mis condiciones, es donde mejor me encuentro.

¿Por qué no has dirigido más?
Al cómico Sacristán nunca le ha faltado trabajo. El cómico Sacristán tenía trabajo y muy interesantes. (…) No he dirigido más porque no soy John Ford, ni muchísimo menos, y porque mientras el cómico Sacristán tenga trabajo, el director Sacristán no puede usurpar ese tiempo.
¿Le estás devolviendo algo a Fernando Fernán Gómez con el montaje 'El hijo de la cómica'?
Procuro que la gente sienta lo mismo que sentía cuando Fernando me lo contaba. Al margen de lo que he tomado de ‘El tiempo amarillo’, eran mis conversaciones con él. Su abuela y mi abuela, al margen de las distancias -la suya era más ilustrada- tenían muchas cosas en común. Nuestra mirada al tiempo que nos tocó vivir, la idea de la muerte y la justicia, una serie de cosas que compartíamos. (…) Que la gente conozca a ese niño y la gente que lo rodeaba hasta que cumple 24 años. Tenía interés en que la gente viera al hombre tierno y generoso, y una figura imprescindible en la historia de la cultura europea.
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