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Crítica

'Blancanieves', un encorsetado remake Disney que brilla en la voz y emoción de Rachel Zegler

Marc Webb realiza un loable, aunque insuficiente, esfuerzo de la mano de una magnífica y talentosa Rachel Zegler que opaca a la villana de Gal Gadot

Madrid·Actualizado: 19.03.2025 - 19:00
Fotograma promocional de 'Blancanieves', el remake dirigido por Marc Webb y protagonizada por Rachel Zegler
Fotograma promocional de 'Blancanieves', el remake dirigido por Marc Webb y protagonizada por Rachel Zegler · Fotografía: Disney

El imperio donde nunca se pone el sol, aplicado en su momento Imperio Español pero cuya metáfora tiene sus raíces más profundas en la antigüedad, podría usarse en la actualidad para definir a los imperios capitalistas que dominan nuestros días y nuestras vidas. Para Disney nunca se pone el sol, pues como bien decía la 'Blancanieves' original: "No importa cuán oscura sea la noche, el sol siempre vuelve a salir". No hay noche demasiado larga para una compañía que cuenta sus fracasos con los dedos de una mano. Si bien no todos sus remakes de clásicos han salido airosos, pequeñas, aunque insuficientes, ráfagas de frescura acaban manteniéndolos a flote. Esas ráfagas tienen nombre propio. Liu Yifei, Halle Bailey, Naomi Scott -aunque no fuera protagonista-, Rachez Zegler... el talento inmenso, irrompible -a pesar de los ataques- e inabarcable de sus actrices han dado una fuerza inmerecida a unos poco inspirados remakes que en lugar de catapultar su talento las ha puesto en entredicho.

Marc Webb, desaparecido de la dirección de largometrajes desde 2017, casi logra inyectar vida y aire a una 'Blancanieves' (2025) que cuenta exactamente lo que esperamos que cuente (de los enanitos al sueño profundo) nace de origen demasiado encorsetada. Hay un loable intento por parte de Webb de hacer un trabajo de color y fotografía que transmita algo de magia, que recuerde a los cuentos leídos en la cama y tenga cierto aire de VHS; pero, al igual que sus predecesores y predecesoras, no consigue escapar de esa sensación irreal y artificial que se extiende a la pantalla en cuanto se pierde la plasticidad de la animación. Metales que parecen madera, desorden ordenado, barro demasiado limpio, pobreza y hambruna de quita y pon... una magia del cine demasiado visible que impide que la magia, la de verdad, aflore. Pequeños momentos de inspiración -la huida a través del bosque, las entrañables escenas en la casa de los enanitos, el celebratorio baile final- nos dejan entrever lo que pudo ser y no fue. La escasa impronta visual y la nula carga dramática -algo que ya pasaba en el clásico Disney, donde su desenlace discurría de forma demasiado atropellada- convierte a esta 'Blancanieves' en un correcto divertimento, inocuo pero con cierto encanto.

El sustento, la manzana sin veneno, de esta 'Blancanieves' es la propia Rachez Zegler. Encorsetada también por su personaje, en un código por momentos demasiado teatral, Zegler se libera de las ataduras del papel en cuanto se le permite cantar y, con ello, volar. Su 'Waiting on a wish' brilla en la emoción de sus cuerdas, más que en la pobre propuesta escénica. Su buen gusto en las elecciones vocales y en la sutil emoción de sus movimientos la elevan por encima de una producción que irradia calidez y luz cada vez que aparece en pantalla pero que falla en otorgarle un personaje complejo, con aristas, vivo. La Blancanieves casi anticapitalista (aunque profundamente monárquica) del principio de la película, "la vida debe ser algo más que subsistir", no encuentra asideros de los que sujetarse y crecer; la bondad y el amor lo podrán todo, no necesariamente porque lo diga Disney, pero Zegler merecía un guion que le permitiera explicar la importancia de estos actos. Y, sobre todo, merecía una princesa revisada cuya visión del mundo no cambiara por completo por la aparición de un hombre.

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