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'La homilía' de Pedro Vallín. Las tribulaciones de Coriolano (del auge y la caída en el poder)

El arco narrativo clásico postula que el poder revela la naturaleza de los hombres, como Tony Montana, pero lo genuinamente humano emerge al perderlo

Madrid·
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El periodista Pedro Vallín, durante la nueva edición de su video semanal 'La homilía'
El periodista Pedro Vallín, durante la nueva edición de su video semanal 'La homilía' · Fotografía: KINÓTICO

'Coriolano' no es la obra más famosa de Shakespeare pero sí una de las que con más precisión aborda el mito del hombre al que el poder transforma. Porque Coriolano no era un político sino un héroe de guerra que decide entrar en política apoyado en ese prestigio y ejerciendo el poder desde la autosuficiencia, el desprecio por el pueblo de Roma y la rigidez moral, lo conducirá a la tragedia y el oprobio. El mito es bien conocido y descansa convencionalmente en una frase atribuida a Abraham Lincoln que dice: "Casi todos los hombres pueden soportar la adversidad, pero si quieres probar el carácter de un hombre, dale poder".

Cabría añadir que el corolario moral de este aserto es siempre negativo: todos estamos convencidos de que a nadie ha hecho mejor disponer de un gran poder. De hecho, Platón, en el libro II de 'La República', desarrolló la parábola del anillo de Giges: un pastor encuentra un cadáver en una cueva y arrebata al cuerpo un anillo que otorgaba invisibilidad. Giges aprovechó tal condición para colarse en palacio, violar a la reina, matar al rey y ocupar su trono. El dilema que Glaucón y Sócrates discuten es si los hombres son justos únicamente por el miedo a la sanción y si cabría que alguien cuyo poder lo dotara de impunidad se comportase de forma virtuosa

Efectivamente, Tolkien expolió sin remilgo la idea para contarnos el tránsito de Sméagol a Gollum, y la desarrolló sometiendo a varios personajes al influjo de ese poder. Sucesivamente, Bilbo, Frodo, Boromir y, finalmente, Samsagaz Gamyi. El anillo es pues el vehículo de la parábola de Lincoln, un mecanismo no solo de corrupción sino de desvelamiento de la naturaleza de cada personaje.

El cine ha trabajado esta convención muy a menudo, casi siempre desde el pesimismo, estableciendo el axioma de que el poder corrompe. Tony Montana (inolvidable Al Pacino), en 'El precio del poder' (1983), de Brian de Palma, narra cómo un joven y menesteroso exiliado cubano se convierte en un sanguinario narcotraficante, en unos términos idénticos a casi todos los ascensos que ha venido narrando en su cine Martin Scorsese, singularmente en la paradigmática 'Uno de los nuestros' (1990), con la transformación de Henry Hill (Ray Liotta). Pero idéntica transformación podemos apreciar en el Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) de 'El lobo de Wall Street' (2013) porque Scorsese tiene verdadera obsesión con esa embriaguez que el poder desencadena en el carácter masculino.

Basada en la historia real del presidente ugandés Idi Amín (inolvidable Forest Whitaker), 'El último rey de Escocia' (2006), de Kevin Macdonald, narra la conversión de un líder carismático en un infame tirano a través del ejercicio del poder. Y en otra biografía, aunque apócrifa, 'Ciudadano Kane' (1941), de Orson Welles, asistimos a la transformación del joven idealista Charles Foster Kane en un hombre infame y deshumanizado, inspirado el empresario William Randolf Hearst, precedente del mendaz Rupert Murdoch.

En la fábula política anticomunista de George Orwell 'Rebelión en la granja', adaptada al cine de animación en 1954 por Halas & Batchelor y al de acción real en 1999 por John Stephenson, el cerdo Napoleón encarna esa visión pesimista sobre el poder y el ciclo liberación/sumisión al que la sociedad, en la mirada de Orwell estaba condenada.

Pero esta semana, el exministro Alberto Garzón aportaba una perspectiva distinta: tal vez nuestra verdadera naturaleza no se revele tanto en qué hacemos cuando disponemos de poder como en qué hacemos cuando ya no disponemos de él, cómo es la renuncia y cuán virtuosos somos tras haberlo perdido o abandonado. La electrizante 'El desafío - Frost contra Nixon' (2016), del infalible Ron Howard e inspirada en una obra de teatro de Peter Morgan a su vez basada en una historia real, retrata cómo Richard Nixon arrastra, cual José María Aznar calvo, la amargura y el rencor por el poder malbaratado. Shakespeare también trató este asunto en el 'Rey Lear', que citábamos días atrás, en la que el monarca cae en la locura y la rabia cuando pierde el poder a manos de sus hijas, y las declinaciones del poder desarbolado inspiraron la novela de Gabriel García Márquez 'El otoño del patriarca', de 1975, donde nos presenta a un dictador en sus últimos días, vagando por su palacio vacío, ya sin poder real, obsesionado con el pasado y con el resentimiento hacia quienes lo traicionaron, sumido en la descomposición física y moral. También 'El exilio y el reino', de 1957, de Albert Camus, historia de un misionero que pierde su estatus e influencia entre los nativos argelinos y termina transformado en una figura de resentimiento puro, consumido por su odio hacia quienes lo despojaron.

"Tal vez nuestra verdadera naturaleza no se revele tanto en qué hacemos cuando disponemos de poder como en qué hacemos cuando ya no disponemos de él"

A Lincoln le contestó Giulio Andreotti con una sentencia que explica esta cualidad de la carencia para desnudar de forma más fidedigna que la tenencia: “El poder desgasta a quien lo tiene”. Coriolano, lleno de odio y resentimiento, desterrado de Roma por el pueblo al que desprecia, decide aliarse con sus antiguos enemigos, los volscos, para invadir Roma en venganza.

Y queda para vosotros dilucidar cuánto de todo esto aplica al devenir del Partido Popular y cuánto al de Podemos.

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