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'La homilia' de Vallín. Hollywood dice que Milei es culpable y bobo
El cine estadounidense no conoce un solo caso de elogio de la economía financiera y siempre la ha tratado desde la interpretación marxista de la economía
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El mes pasado, el director Nacho Vigalondo, que hoy estrena su esperada 'Daniela forever', escribía un magnífico y extenso artículo, en forma de hilo de Bluesky, sobre 'Superman III' (1983), de Richard Lester, en el que nos obligaba a volver la mirada sobre las claves de esta comedia bufa que, debajo de la piel, tenía muy poca sal gorda, mucho desasosiego, mucha conciencia de clase y tanta denuncia del turbocapitalismo de los ricos estúpidos que parecía un comentario de actualidad. De nuestra actualidad. Robert Vaughn interpretaba a Ross Webster, un millonario hortera y ambicioso con una pista de esquí en su ático que estaba obsesionado con la posibilidad de modificar los mercados de futuros mediante cambios en el clima provocados por un satélite meteorológico. Causaba huracanes, inundaciones y tormentas oceánicas que modificaban el precio de las materias primas, particularmente del café de Colombia, con el que especulaba en operaciones a corto.
El caso de 'Superman III', considerada un secuela rutinaria y burda –hay que leer el hilo de Vigalondo para descubrir que una peli de superhéroes que empieza en la cola del paro como Ken Loach no puede ser nada de eso–, ratifica que el comentario lateral anticapitalista o, por ser más precisos, antineoliberal estaba ya presente en los productos más aparentemente intrascendentes de Hollywood en los primeros años del reaganismo.
Desde entonces, esa posición de los grandes estudios californianos respecto a la economía financiera no ha hecho si no agudizarse y volverse más ácida. De modo que cuando se produjo el crack bursátil del 2008, que demostró que la permisividad regulatoria neoliberal y la afición a la cocaína de los ejecutivos de Wall Street pueden arruinar la vida de un pensionista de Tomelloso que tiene todo su dinero en la caja de ahorros, el cine norteamericano ya estaba en disposición de lanzar la mayor ofensiva de 'TeLoDije' conocida hasta entonces. El documental 'Inside Job' (2010), de Charles Ferguson, fue el primer misil tierra-tierra que Los Angeles lanzó contra Wall Street, con un rutilante Oscar de la Academia para despejar dudas.
Pero era solo el aperitivo. Si el Ross Webster de 'Superman III' era un Elon Musk 'avant la lettre', obsesionado con controlar tecnológicamente los mercados, a pesar de no saber una palabra de tecnología ni de economía, el John Tuld de Jeremy Irons en 'Margin call' (2011), maravilla de J. C. Chandor, centrada en la quiebra de Lehman Brothers, nos dejaba para la historia la célebre escena en la que el presidente de la sociedad de inversión desnuda sus atributos para el negocio cuando le pide al analista Peter Sullivan (Zachary Quinto) que le explique por qué cree que están en un descubierto: “Señor Sullivan, quizá pueda decirme lo que cree que ocurre aquí, y por favor hable como lo haría a un niño pequeño, o a un golden retriever. No fue el cerebro lo que me trajo hasta aquí, se lo aseguro”.
Con su peculiar estilo de didáctica acelerada, Adam McKay firmó con 'La gran apuesta' (2015), adaptación del libro de Michael Lewis, una explicación detallada de cómo la burbuja financiera, apoyada sobre una burbuja inmobiliaria, pudo arruinar a países enteros merced al hambre de dinero rápido de los agentes que operaban el sistema. Jodie Foster dirigió en 2016 'Money Monster', cinta en la que un modesto inversor arruinado, Kyle Budwell (Jack O’Connell), secuestra en directo a Lee Gates (George Cloonney), presentador de un programa de televisión que se dedica a dar consejos de inversión y que en realidad, participa, con sus consejos, de una estafa de desvío de capitales. El presidente Javier Milei tiene la suerte de que la seguridad del Estado dificulta mucho el secuestro en directo.
Y 'Company man' (2012), de John Wells, como el ejecutivo de ventas Bobby Walker, Ben Affleck, acaba teniendo que vender el Porsche y pidiendo trabajo a su cuñado Jack (Kevin Costner) que era como el Cristo de Palacagüina, “artesano, carpintero, albañil y armador”. En el caso de Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) en 'El lobo de Wall Street' (2013), tampoco fue un excepcional intelecto para la economía sino más bien la falta de escrúpulos lo que le permite desplegar una vida de frenesí grotesco redondeada, por supuesto, con un flamante Lamborghini Countach. Cuando uno contempla hoy la obsesión de los criptobrós por ese fabricante italiano de coches de alta gama confirma que la anomalía del presente quizá sea la incomprensible sensación de que la realidad está imitando, no a referentes reales sino a sus caricaturas cinematográficas. Escribía Marx que “la historia se despliega primero como una gran tragedia y se repite como una miserable farsa”, sin embargo en las finanzas, las farsas cinematográficas parecen convocar nuevas tragedias.

Así que cuando vean a adultos arrojando cosas contra las paredes, llorar por tener que vender el deportivo o el Rolex, recuerden a Belfort arrastrándose hasta su Lamborghini, porque no es que no tengan mínimos conocimientos de cómo funcionan los nuevos o viejos mercados financieros, sino que ni siquiera han interiorizado lo que Hollywood lleva años explicando: que las finanzas son un casino y que en el casino solo hay dos formas de ganar dinero: dirigirlo, como hacía Robert De Niro en 'Casino' (1996), de Martin Scorsese, o atracarlo, como hacía George Clooney en 'Ocean’s Eleven' (2001), de Steven Soderberg.
Y recuerden que los verdaderos tiburones, los que no pierden como Donald Trump saben lo que saben: “No fue el cerebro lo que me trajo hasta aquí”.
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