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'La homilía' de Vallín. Obrar bien y otras formas del mal absoluto
Cuando Star Trek dio el salto al cine halló el villano perfecto, el viajero que no puede regresar, ‘V’Ger’, el emisario que enviamos a dios y que vuelve para buscarnos
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Traspasar el confín o volver a casa, ascender o descender, trascender o habitar este mundo… Hemos hablado mucho estas semanas sobre cómo el horizonte de eventos y nuestra posición ante él describe el tránsito a la modernidad. Y veíamos, en la estupenda 'Horizonte final' (1997), de Paul W. S. Anderson, que el peregrino que regresa tras haber violado esa frontera es otro. El viaje es siempre un tropo transformador, pero damos por supuesto que esa transformación es un progreso virtuoso, un tránsito de madurez, cuando la narrativa lleva siglos avisando de que no siempre es así. Porque el explorador al internarse en lo desconocido, se transmuta en lo que pretendía combatir o descubrir, o en todo caso eso extraño habita para siempre en él y convierte al regresado en temible.
Esto nos ha dado villanos verdaderamente hermosos y héroes trágicos. Quizá uno de los más audaces es el que aparece en el primer largometraje cinematográfico de la serie de Gene Roddenberry, 'Star Trek: la película' (1979), dirigida por el gran Robert Wise, con un guion firmado por dos artesanos de la escritura: Alan Dean Foster y Harold Livingston. El libreto se basaba a su vez, en un tratamiento que ambos escritores habían presentado a Roddenberry, titulado 'In Thy Image', un título muy revelador: “A tu imagen”. Resumiendo la historia, con todo y spoilers, una amenaza aleinígena llamada V’Ger se aproxima a la Tierra: una entidad de energía e inteligencia descomunales que desintegra todo a su paso. La tripulación del Enterprise (nuestro adorado submarino con gente en esquijama), en su clásico rol consular, parte a interceptarla. La sorpresa es que esa entidad, V’Ger, no es una criatura, sino la vieja sonda Voyager 6, enviada desde la Tierra siglos atrás. En su odisea cósmica (aquí sí hay viaje homérico, no como en '2001…' de Kubrick y Clarke) halla una civilización de máquinas conscientes que la reparan y la empujan a cumplir su propósito original: “Recolectar todo el conocimiento posible y regresar al Creador”.
Por supuesto, al regresar, V’Ger encuentra a un Creador decepcionante. Nos considera biológicamente imperfectos, incapaces de seguir su lógica y busca, entonces, fusionarse con un ser humano para trascender ambas naturalezas. No quiere destruir, quiere completarse, su hostilidad no es maldad, sino una demanda de reciprocidad. Es lo que podíamos llamar “el villano justo”. El malvado clásico quiere ganar, someter y poseer porque tiene pasiones humanas, pero el “villano justo” —como V’Ger o HAL9000— es una máquina moral sin alma, una lógica sin flexibilidad y su maldad es no saber detenerse, no por sadismo, sino por perfección. La idea, en realidad, procede de una leyenda religiosa que aparece en el 'Libro de Job' del 'Antiguo Testamento': Satán aún no es el Diablo, es el fiscal de Dios, que quiere someter a los humanos a pruebas de perfección.

Por su parte, el viaje que convierte al peregrino en antagonista por la imposibilidad del retorno está en clásicos como 'La Tempestad' de Shakespeare, o 'El corazón de las tinieblas', de Joseph Conrad y en sus primogénitas cinematográficas, 'Planeta prohibido' (1956), de Fred M. Wilcox [y su versión apócrifa, 'Ad Astra' (2019), de James Gray], y 'Apocalypse Now' (1979), de Francis Ford Coppola. Los viajes de Próspero y el Kurtz de la novela eran una empresa del saber, no iban a destruir, sino a conocer, a cartografiar, acaso civilizar, evangelizar. Son científicos, gobernadores, navegantes, arquitectos del futuro que, al asomarse al abismo, sienten que algo más antiguo que el lenguaje los sustituye, activando el viejo mito de Prometeo: el que busca el fuego sagrado no solo sufre castigo, sino conversión.
El viaje del Voyager que narra 'Star Trek' apunta a una cierta circularidad de la búsqueda porque regresa buscando a su creador, buscando a un dios, nosotros, que la decepciona y confunde. Que es el mismo propósito con el que la lanzamos: la Voyager es una sonda, pero también es una plegaria lanzada al vacío que porta saludos en múltiples lenguas, fragmentos de música, dibujos de nuestro cuerpo, de nuestro ADN y no se dirige a nadie conocido, se lanza hacia ‘lo otro absoluto’, con la esperanza de que alguien, algo, la encuentre. Y eso, un emisario enviado al confín, no es sino una forma laica de buscar a Dios. No hay otra razón para lanzar una máquina fuera del sistema solar, es un acto religioso sin religión, una forma secular del mito. La Voyager es Jonás y es Moisés, pero también es el anhelo humano expulsado de sí mismo. Recuerden 'Contact', la película de Robert Zemeckis y la novela de Carl Sagan que, no por casualidad, es uno de los responsables del proyecto Voyager.
Nosotros la lanzamos buscando al Creador y ella vuelve buscando al Creador. Pero en ambos extremos, solo hay deseo proyectado, como si los confines, como si el horizonte de eventos, fuera una membrana reflexiva, una frontera que no se traspasa, sino que devuelve la imagen amplificada de quien pregunta.
Por eso, lo que distingue a V’Ger de Kurtz, del doctor Weir (Sam Neil), en 'Horizonte final' o de HAL9000 es que no regresa loco, sino sagrado. El viaje, cuando es radical, no permite retorno porque quien ha visto lo absoluto no puede seguir siendo alguien; al volver es una presencia que desajusta la realidad: un dios y una amenaza. El viajero-dios es el negativo del héroe clásico porque no trae el fuego sino que se ha convertido en él. No vuelve con el saber, es el saber. Y quema.
Es una idea radicalmente moderna y a su vez profundamente religiosa, toda vez el mito del Cristo resucitado es el precursor del viajero que regresa como otra cosa y no puede quedarse, como Frodo Bolsón, ambos con esa herida en el costado que ya no desaparecerá. Son figuras que vuelven desde el otro lado, pero que ya no comparten código con nosotros. Han sido tocados por lo inhumano —ya sea el tiempo, la distancia, la tecnología, la muerte o la memoria— y han perdido el derecho a la comunidad. Lo perturbador es que a menudo no son castigados, ni derrotados: simplemente constatan que no tienen derecho a quedarse.
Piensen en todo ello cuando se vuelvan a sentir tentados de citar 'El conde de Montecristo' como la referencia que explica el viaje de esa figura hermética e indescifrable, situada más allá de nosotros y llamada Pedro Sánchez.
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