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'La homilía' de Vallín. Salvación, manual de instrucciones
Pese a la acusación de que el cine occidental es individualista, el héroe cotidiano, arrojado al caos, prueba que nadie se salva si no se vincula al resto de humanos
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Hace unos días os hablaba del héroe cotidiano como ladrillo indispensable en la construcción de la fortaleza de la sociedad moderna. Sin embargo, personajes como los que encarna a menudo Tom Hanks, por ejemplo, el Jim Lowell de 'Apolo XIII' (1995), de Ron Howard, o el mencionado Chuck Noland de 'Náufrago' (2000), de Robert Zemeckis, son citados por los libertarios con seguro privado y sótano con toneladas de leche en polvo (pero sin agua potable) como ejemplo del infinito poder de la determinación individual y de la capacidad del hombre libre para salvarse por sí mismo. Pero lo cierto es que estos individuos, colocados al borde del caos, de la muerte, encarnan justo lo contrario: la subordinación del individuo a la especie, la imposibilidad de sobrevivir sin vincularse al resto, como parte de una liturgia laica.
Lo vemos en las historias que se presentan en otras versiones de los náufragos, como 'Cuando todo está perdido' (2013), de J. C. Chandor, o 'Gravity' (2013), de Alfonso Cuarón. En la aventura náutica de J. C. Chandor, Redford no tiene nombre, ni diálogo, ni psicología, es puro gesto, pura praxis, pero no actúa en solitario, actúa como depositario de una sabiduría colectiva. En vez de rebelarse contra el mundo, lo habita y lo respeta desde el conocimiento acumulado por la humanidad, como si obedecer lo aprendido fuera una forma de honrar a los demás. Cada nudo que ata, cada vela que ajusta, cada uso del sextante o del desalinizador, no es un acto individual sino la ejecución ritual de un saber transmitido y mejorado desde hace milenios por una generación tras otra. Es de hecho, una forma laica de oración, una letanía de respeto. Ese marinero octogenario no es un héroe, es un oficiante. No lucha contra la naturaleza, no busca un triunfo épico; simplemente se somete al procedimiento correcto. Solo, en el océano Índico, Redford no se salva, lo salva la humanidad.

Su fuerza está en un hilo de continuidad, no en la originalidad. No hay creatividad ni arrojo en lo que hace, hay rigor al método. Su suerte descansa en lo colectivo, no en lo individual, porque no es una figura de excepción, un héroe irrepetible, sino un punto de confluencia de un legado técnico, ético y cultural, es decir, no solo repetible sino repetido. Un funcionario de la civilización, a la que honra.
Decía el filósofo Javier Gomá hace unos años: “Lo interesante de mí es aquello que siendo estrictamente mío es sin embargo universal, como por ejemplo el universal vivir y envejecer”.
Pensemos en otros dos personajes construidos desde esa virtuosa vulgaridad, esa ausencia de atributos excepcionales, esa aplicación del método: el Mark Watney (Matt Damon) de 'Marte' ('The Martian') (2015), y la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock) de la antedicha 'Gravity', la obra maestra del cineasta mexicano. Y pensemos también en esa terquedad vulgar, bajo la sábana, del protagonista de 'A ghost story' (2017), una de las filigranas a las que nos viene acostumbrado David Lowery, en la que el método, la persistencia, nos permite convertir una derrota en una victoria del sentido profundo. El fantasma no hace nada, solo habita, testimonia y espera, con paciencia geológica, a que alguien encuentre una nota escondida en una pared. Recordad que el Chuck Noland de 'Náufrago', aunque abre todo el cargamento del avión que llega a la playa, elige uno de los paquetes de FedEx, empresa para la que trabaja, para no abrirlo y poder entregarlo si es rescatado. El fantasma de Lowery, como Tom Hanks con el paquete, repite un gesto sin utilidad que preserva el sentido de que algo merece ser entregado, aunque no sepamos qué es.
Si el orden no existe "fuera", si no hay un telos universal, ni dios, ni justicia garantizada, entonces el gesto ritual —ese acto mínimo y repetido— se convierte en nuestro modo de inventar sentido y de atarnos al mundo sin necesitar que el mundo responda. Se puede enunciar como un credo pagano: “Creo en el mundo humano porque sigo repitiendo su forma, aunque no me escuche, aunque no me responda”. Porque la cordura ya no es simplemente estar “bien” en términos clínicos, sino estar alineado con un sentido que uno ha elegido profesar. No importa si es absurdo desde fuera: es verdadero en tanto que se ejecuta con devoción. Eso hace el protagonista de 'Una historia verdadera' (1999), de David Lynch.
En la Checoslovaquia comunista, Vaclav Havel sostenía que, incluso bajo la dictadura, era posible resistir viviendo como si la verdad existiera. Aunque nadie lo vea y no haya esperanza de cambio, lo importante es el gesto: colgar un cartel, publicar un poema, decir “esto es mentira” aunque todos finjan que no son estación es de una liturgia civil sin templo. Porque los rituales de sentido nunca han necesitado templos, solo sujetos, como las películas no necesitan cines, necesitan espectadores.
En este sentido, Cuarón va un paso más allá, porque la doctora Ryan Stone es una mujer que no tiene fe, ni compañía, ni familia, ni discurso, pero repite gestos técnicos, corporales y emocionales que la atan a la civilización, como quien sigue dibujando líneas en la arena para no olvidar del lenguaje. La gravedad del título de la película alude a una fuerza jerarquizante que fija el orden frente al caos del cosmos ingrávido y alude al hogar frente a la intemperie espacial. Como vimos en 'Cuando todo está perdido', 'A Ghost Story' y, ojo, 'El sol del membrillo' (1992) de Víctor Erice, el asunto no es el espacio, sino la fragilidad del sentido y la persistencia del gesto.
Y la gravedad, como también ocurre en 'La llegada' ('Arrival') (2016), de Denis Villeneuve, 'Interstellar' (2014), de Christopher Nolan, o 'First Man' (2018), de Damian Chazelle, es una propuesta de sentido, la jerarquía de un mundo ordenado. De ahí la trascendencia de la darwiniana escena final de 'Gravity', cuando la doctora Stone, como un mamífero paleozoico, sale del agua y se pone de pie. Después de todo, es la gravedad la que nos da un peso en el mundo.
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