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'La homilía' de Pedro Vallín. Ascensión o descenso en el horizonte de eventos
La frontera de lo conocido es el límite ante el que el héroe tiene que decidir si cruzar el umbral o regresar a lo humano, un dilema que define la modernidad. Y la política
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Dejamos a nuestros héroes cotidianos hace una semana al límite del mundo conocido y la mayoría decidieron no cruzar el umbral y regresar al hogar. Era el impulso básico de Ryan Stone, la doctora que interpretaba Sandra Bullock en 'Gravity' (2013): habiendo perdido a su hija y sin motivos para seguir viva, hará lo imposible por salvar su vida como expresión de respeto a ella misma y a todos nosotros. Como reza el proverbio que aparece en el Talmud, “quien salva una vida salva a la humanidad”, aunque esa vida sea la propia. Como el marinero de Robert Redford o el marciano de Matt Damon, en las citadas 'Cuando todo está perdido' (2013) de J. C. Chandor y 'Marte' ('The Martian') (2015), de Ridley Scott, el personaje de Bullock es la encarnación misma del Ulises homérico cuyo único propósito es el regreso al hogar, a un sentido conocido y cotidiano de existir. Stone, como Ulises, lo ha perdido todo: su nave, su tripulación y su fe, pero se mantiene viva, no por revelación, sino por rebelión, por rituales de supervivencia que honran la memoria del mundo humano perdido mientras la pantalla, al fondo, se divide en la negrura ignota del espacio profundo, la muerte, y la brillante esfera de azules que es la Tierra, la vida.
He ahí el tránsito de la Edad del Cosmos a la Edad del Hombre, del mundo Antiguo a la Modernidad, de la creación divina al hombre como medida de todas las cosas. Situados en el territorio de frontera, a las puertas del caos, en el horizonte de eventos más allá del cual nada regresa, es decir, ante el umbral de la muerte, los hombres de la premodernidad buscaban la ascensión, la superación de lo humano, rasgar el velo del más allá, convencidos de que existe y es posible trascender a él, mientras que el hombre moderno, el hombre ilustrado, medida del mundo, busca el regreso a la razón. Si en la Edad del Cosmos, como dice Javier Gomá, lo relevante es la majestuosidad de la creación y una muerte es un accidente que no compromete la grandiosa creación, cómo no tratar de ascender a ella. En la Edad del Hombre, cada vida encarna la totalidad de lo digno y lo bello, de modo que salvar a alguien, salvarse, es salvar el mundo entero.

Es curioso que Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick titularan su aventura espacial '2001: Una odisea en el espacio' (1969), porque David Bowman (Keir Dullea) es Prometeo, no Odiseo: Bowman no regresa, se ofrece al más allá. Su última transmisión, recogida en el informe de la misión Discovery que aparece en el prodigioso prólogo de la secuela de Peter Hyams '2010: Odisea dos', fue: “Dios mío, está lleno de estrellas”. Su viaje es místico, una transfiguración del sujeto superadora de su condición humana, por eso el feto que aparece en el último plano de la película de Kubrick y que tanto molestó a Clarke no simboliza un renacer sino el alumbramiento de lo posthumano. Bowman quiere ver a los dioses y acaso ser uno de ellos. De algún modo, Bowman cumple la voluntad última de HAL 9000, que era en sí mismo ya una entidad superadora de lo humano y que optó por dejar atrás a los humanos (mata a la tripulación) y proseguir su viaje.

Donde Prometo busca elevación, competir con los dioses, Ulises, el hombre moderno, busca lo contrario: regresar, abrazar lo humano, busca la gravedad, el descenso. Ryan encarna una espiritualidad de la inmanencia, del gesto concreto que nos vincula con los otros y con la materia mientras Bowman representa una espiritualidad de la ascensión, del abandono del yo como umbral a un supuesto orden superior de naturaleza no material. A su manera, la Zona de 'Stalker' (1979) y el planeta de 'Solaris' (1970) ambas cintas de Tarkovski, son horizontes de eventos cuyo velo es imposible cruzar porque reaccionan como un espejo, una idea que explotó Alex Garland en 'Aniquilación' (2018), con un resplandor que descompone la realidad. El fin de un mundo basado en reglas.
Así que lo que hacemos ante el horizonte de eventos, ante el umbral del que nadie vuelve (lo que hacemos ante la muerte), modula nuestro compromiso con la humanidad o con la fe y, en último término, con el fanatismo. El horizonte cinematográfico siempre ha tenido ese valor simbólico. Para el cine náutico, el horizonte es el “más allá hay dragones” de los mapas antiguos, y así lo vemos en el desenlace de 'El señor de los anillos: el retorno del rey' (2003), de Peter Jackson: el barco que zarpa de los Puertos Grises con Galadriel, Elrond, Gandalf y Frodo, no se va, trasciende. Se subraya en la serie 'Los anillos de poder' (2022), cuando Galadriel salta del barco antes de cruzar el umbral hacia Valinor, las Tierras Imperecederas eligiendo el mundo. Porque en 'El señor de los anillos', Poniente no es un horizonte de conquista sino de gracia.
En la estupenda 'Misión a Marte' (2000), de Brian de Palma, los exploradores de Marte encuentran un portal que es un horizonte final distinto, más allá del cual hay respuestas, una genealogía de la humanidad, pero no regreso. Jim (Gary Sinise) decide cruzar porque todo lo ha perdido. A su modo, no busca salvación sino inscripción en la comunidad, continuidad y pertenencia.
El horizonte de eventos u horizonte de sucesos se define en astronomía como el punto a partir del cual la proximidad a un agujero negro hace que nada escape, ni siquiera la luz. Nada regresa, luego nada vemos y nada puede ser dicho sobre lo que hay más allá. Christopher Nolan, en 'Interestellar' (2014), postuló que al otro lado estaban el dormitorio de una hija y un padre perdido, una copia abigarrada y pretenciosa de lo que postuló con mucho más criterio 'Contact' (1997), de Robert Zemeckis y Carls Sagan, con el viaje de Ellie Arroway (Jodi Foster). Pero por la oscura y perturbada 'Horizonte final' (1997), del Paul W. S. Anderson bueno, sabemos que la nave Event Horizon (literalmente, “horizonte de eventos”) estuvo al otro lado cuando su motor de gravedad plegó el espacio tiempo creando un agujero negro para viajar más allá de lo posible. Y que solo trajo horror. Nadie volvió del viaje, solo un barco fantasma inhabitado de vida pero habitado por el caos. El navío el fin de la razón, la barca de Caronte, quizá.

Si el horizonte de ‘2001’ es la mística, el de 'Gravity' la ética, el de 'Contact' la familia, el de 'Stalker' el misterio, el de ‘Misión a Marte’ el origen y el de Valinor la paz, en 'Horizonte final' aprendimos que al otro lado está el grito del anti-lugar, allí donde ni el lenguaje, ni el hombre, ni dios hallan sentido. Y ahí estamos, con Pedro Sánchez detenido ante el umbral mismo de la terra incognita, en el final de todas las cosas.
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