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'La homilía' de Pedro Vallín. Tom Hanks y un dragón de la suerte
La sátira, arrinconada por una realidad disparatada, ve obturados los caminos de la ficción realista, pero la mirada de la ficción sobre el presente dispone de otras armas
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Hablábamos la semana pasada de cómo cada entrega de ‘GTA’ funcionaba como una geografía emocional y simbólica, destilando el imaginario cinematográfico y social de Nueva York, California o Miami y de cómo el próximo ‘GTA VI’, ambientado de nuevo en una Florida inspirada en nuestra era post-irónica y saturada de absurdos virales, parecía toparse con un problema: la sátira ya no rebasa la realidad porque la realidad ha invadido el territorio del disparate. Entonces, ¿qué le queda al cine para relacionarse con este presente dislocado, cuando la ficción irónica muere asfixiada?
Una opción obvia, que ya acudió al encuentro de la narrativa en otros tiempos de desorientación y realidad desencuadernada, es la fantasía. Lo que los especialistas llaman la pulsión mitopoiética (la creación de mitos nuevos que semejan las cualidades legendarias de los clásicos). Se trata de fantasías que no solo cuentan historias sino que construyen cosmovisiones, universos vivos y fecundos que obedecen siempre a la tradición clásica de proponer relatos ejemplares, modelos de comportamiento virtuosos para salvar comunidades. Así, en respuesta a la avidez de sangre de dos guerras mundiales, JRR Tolkien escribe ‘El señor de los anillos’ (trasladada al cine de forma notable por Ralph Bakshi y magistral por Peter Jackson), y esa novela no solo narra una aventura, sino que inventa lenguas, religiones, mapas y ciclos históricos, proponiendo un universo completo donde el mal, el bien, la muerte y el poder tienen un espesor simbólico comparable al de las antiguas mitologías.

Eso es la mitopoiesis, un viaje al inicio de todo, al momento fundante —en este caso, de Europa, pues la Tierra Media apenas puede disimular su relación con la historia mítica del continente, incluida su vinculación singular con lo insular y con el océano, al Oeste—, y es así, en plena crisis de la democracia estadounidense, cuando la ingenuidad se vuelve ridícula y el cinismo se prestigia, con la crisis del petróleo, la guerra de Vietnam y el Watergate, como surge ‘Star Wars’, un correlato del modelo tolkieniano tamizado por la ciencia ficción futurista, aunque astutamente colocado en un pasado remoto: “Hace mucho tiempo, en una galaxia lejana”, arrancaba la historia. George Lucas, sagaz lector de Joseph Campbell, sabía que estaba volviendo al mito fundante. En esos años salta también al cine la mitopoiesis autoconsciente de Michael Ende, ‘La historia interminable’ (1984), de la mano del extraordinario director alemán Wolfgang Petersen, una de las más desmelenadas reivindicaciones de la potencia de la imaginación pura contra los males del mundo (un dragón de la suerte combatiendo el bullying) que, sabiamente, mutila el libro para cerrar el relato en el momento en que un niño da nombre al mundo y empieza a construirlo. En la génesis de todo lo que es bueno y decente.
Pero no ese ni mucho menos el único camino cuando la parodia agota sus recursos estrangulada por una realidad demente. También está el realismo edificante. En aquellos años, final del periodo virtuoso del Estado del Bienestar, en los que el cinismo trata de hacerse el dueño del espacio disponible, surgen las las andanzas del héroe cotidiano. Como 'spin-off' cómico de ‘The Mary Tyler Moore Show’ (1970-1977) nace la serie ‘Lou Grant’ (1977-1982), primera gran ficción sobre periodismo que rápidamente abandona el tono de comedia para convertirse en un drama que muestra las tensiones de un periódico local y plantea un periodismo comprometido con el bien común, el interés público y la verdad.
Su modelo sobre lo posible es reproducido y ampliado por ‘Canción Triste de Hill Street’ (1981-1987), que supuso una revolución en la televisión estadounidense. En términos formales, introdujo una narrativa coral con tramas superpuestas, muy alejada del procedimental clásico y de la que estaría por llegar el verdadero Mozart, Aaron Sorkin. A la vez, mostró el caos, la burocracia, la tensión racial, la pobreza, el colosal problema de la drogadicción y la corrupción policial e institucional habitual en las grandes urbes estadounidenses de la época, pero sin dejarse arrastrar al nihilismo. En el corazón de la serie, como inspirado por Frank Capra, se elevaba la figura del capitán Frank Furillo (inolvidable, Daniel J. Travanti), un líder ético, razonable, humano, que trataba de mantener la decencia en un sistema con síntomas de podredumbre. Era una serie profundamente política, sin proclamas, que creía en el trabajo bien hecho y en el valor moral de resistir sin perder la compostura.

Ambas exitosas series, con una mirada ennegrecida por el hollín de la desazón, aspiran a buscar en los héroes clásicos de Frank Capra, en aquellos personajes virtuosos de James Stewart, una certeza en mitad de una tempestad de descreimiento: las sociedades democráticas, antes que sobre liderazgos mesiánicos, se levantan sobre ciudadanos que hacen lo correcto. La figura del hombre común como portador de virtud moral se consolida en el cine clásico de los 30 y 40, años de crisis económica y convulsión política mundial, y no es casual que Frank Capra, inmigrante siciliano, sea el gran arquitecto de este héroe, pues creía en el sueño americano entendido como una epopeya de gente común. Capra no niega la existencia del mal o de estructuras corruptas, pero eleva frente a ellas la ciudadanía: el James Stewart de ‘Caballero sin espada’ (1939) o ‘¡Qué bello es vivir!’ (1946) no es infalible, no tiene poder, solo persevera en lo justo.
Aguas debajo de esos hombres justos y comprometidos, Tom Hanks ha dedicado su carrera por entero a ese encomiable propósito de interpretar al ciudadano tenaz, sin aspaviento en el obrar bien. Decía Umberto Eco que esa aparente docilidad era un vehículo de emancipación y no un elogio de la resignación. Lo vemos en el Andy Beckett de ‘Philadelphia’ (1993), de Johnathan Demme, en el Chuck Noland de ‘Náufrago’ (2000), de Robert Zemeckis; en el Viktor Navorski de ‘La terminal’ (2004), de Steven Spielberg; en el Richard Phillips de ‘Capitán Phillips’ (2013), de Paul Greengrass, en el Alan Clay de ‘Esperando al rey’ (2016), de Tom Tykwer, en comandante Sullivan de ‘Sully’ (2016), de Clint Eastwood, en el James Donovan de ‘El puente de los espías’ (2015), de Steven Spielberg, o en el Ben Bradlee, de ‘Los archivos del Pentágono’ (2017), también de Spielberg. Hanks no cambia el mundo, hace lo correcto.

El testigo de todos ellos lo recoge Aaron Sorkin en ficciones televisivas basadas en el realismo crudo de las condiciones y el ánimo honesto de sus protagonistas: ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ (1999-2006), ‘Studio 60 on the Sunset Strip’ (2006) o ‘The Newsroom’ (2012-2014). En ellas está el arsenal disponible para estos tiempos en que no cabe la ironía. Porque el flequillo de Donald Trump sucumbirá ante el bigote de Ted Lasso. Tengan cuidado ahí fuera.
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