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'La homilía' de Pedro Vallín. El hombre es un lobo para el lobo
Los dos monstruos más duraderos de la fantasía humana son el vampiro y el licántropo, dos alegorías poco disimuladas e inversas del desorden de los apetitos
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El siglo XIX dio a luz la literatura de masas, la novela burguesa y los grandes arquetipos literarios de la fantasía, la ciencia ficción y el terror. En pocas décadas, Charles Dickens, Gustav Flaubert, Victor Hugo, Julio Verne, Leopoldo Alas, Robert Louis Stevenson, Alejandro Dumas, H.G. Welles, Edgard Allan Poe, Bram Stoker y Mary Shelley, entre otros, dejaron listos los tropos, tipos y discursos morales que dirigieron la narrativa literaria y audiovisual durante las siguientes centurias. En cuanto a los monstruos de ese terror, casi todos procedían de leyendas paganas que el esoterismo cristiano reinterpretó a mayor gloria de sí mismo, sobre todo, cuando tuvo que quemar gente. De todas esas leyendas, las más duraderas han venido siendo la del vampiro y la del licántropo, dos evidentes metáforas del desorden de los apetitos, pero orientadas en sentido inverso.
Porque el vampiro, desde el 'Nosferatu' (1922) de Murnau al de Robert Eggers (2024), pasando por el terrible de Werner Herzog, de 1979, el 'Drácula de Bram Stoker' (1992), más conocido como “El Drácula de Coppola”, o los de la Hammer, responde a una pulsión libidinosa que mezcla el erotismo con una leyenda religiosa antropófaga: “El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna”, dijo el Cristo de los Evangelios y repitió Lestat de Lioncourt, el ambiguo chupasangre rococó de Tom Cruise en 'Entrevista con el vampiro' (1994), adaptación de Neil Jordan de la novela superventas de Anne Rice. Lestat seducía a Louis de Pointe du Lac (interpretado por un Brad Pitt metido en talco) en un recordado abrazo volandero entre los mástiles de las chalanas del puerto de Nueva Orleans.

El revoltijo de influencias que se dan cita en el vampiro circula por el boulevard del deseo y el placer, y de hecho, como podemos ver en los títulos antedichos o cualesquiera otros que imaginemos, el vampiro se vincula, como acertó a identificar Norbert Borrmann, en su ensayo 'Vampirismo: el anhelo de inmortalidad', con la penetración de la carne, el romanticismo lánguido del XIX y el consumo de opio, una adicción que ya en el siglo XX sería reemplazada, sobre todo, por la heroína. La adicción como ansia de más vida, otra vida, otras vidas. Así que, en la cultura popular, señala Borrmann, el vampiro, es un aspirador de vida propia y ajena, sofisticado, noctámbulo, yonqui, sexual y bisexual (porque muerde, pero también chupa), abandonado a sus apetitos, una interpretación, esta del antropólogo cultural alemán, que Anne Rice convirtió en un éxito editorial mundial. El vampiro siempre es moderno.
El lobo en cambio, representa lo salvaje, lo pretercultural. Es bosque y violencia. Ataca, no seduce. Es la antítesis del contrato social: mientras que el vampiro simboliza el deseo erótico y el demonio de la perversión metafísica, el licántropo encarna la furia, la violencia, el hambre y la carne sin mediación. Es el hombre precivil, salvaje. Por eso, a menudo la cultura pop los ha convertido en adolescentes o postadolescentes con dolor de huesos del crecimiento y descontrol hormonal, y ahí están 'Un hombre lobo americano en Londres' (1981), de Joe Landis, o el 'Teen Wolf' original (1985), retitulado en España, ojo ahí, 'De pelo en pecho', y estrenada gracias al éxito de Michael J. Fox en 'Regreso al futuro'.
Por esa condición salvaje, el licántropo actúa en espacios liminares o apartados, oscuros. El hombre lobo proviene de lo rural, del bosque, del monte y encarna el miedo burgués al bárbaro. No brinda en copa, bebe del arroyo. En el clásico de Universal 'El hombre lobo' (1941), escrita por Curt Siodmak y dirigida por George Waggner, el licántropo de Lon Chaney ataca a los nómadas, que duermen al raso o en un claro del bosque. Hay también algo gitano e itinerante en el lobo, que actúa solapado y es a menudo de sangre mestiza, como corresponde al híbrido de hombre y bestia.
Por eso funciona tan bien como metáfora de la vida desregulada, de la demolición neoliberal del contrato social, del regreso a la selva, como veíamos en la comedia de Mike Nichols 'Lobo' (1993), en la que Jack Nicholson se encarna en una especie de Gordon Gekko editorial.

Todo esto explica, ay, por qué en la puritana serie 'Crepúsculo' (2008-2012), dirigida por Catherine Hardwicke a partir de las novelas de Stephenie Meyer, los vampiros son chicos blancos de familia bien y los licántropos son nativos americanos, mestizos, lo indómito que ha de ser sometido. Y aclara por qué la hija del policía solo podía escoger al caucasiano y no al moreno, por más que se depile el pecho.
El vampiro es un producto de la depravación humana, de nuestra rivalidad con dios, del anhelo de inmortalidad. Un vampiro está más allá de lo humano. En cambio, el lobo nos antecede, nos habla desde el pasado, desde la foresta y la noche de los tiempos. El lobo no sirve a lo humano sino al bosque, como explica Miyazaki en 'La princesa Mononoke' (1997). El lobo es invisible y social, ataca en manada, acecha, juzga, actúa y desaparece, es alevoso y nocturno, y de él solo queda a la luz del día la víctima de su habilidad. Es, en fin, el perro que no quiso ser domeñado y que no se deja exhibir ni convertir. Espera en el bosque sin ser visto. En la atribulada España, el lobo son los maquis, legendarios luchadores antifascistas. Y por eso hoy, los que añoran la vieja virilidad mítica y la autoridad patriarcal, los están matando en Asturias, Cantabria y Galicia. Salva a los lobos, salva el mundo.
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