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'La homilía' de Pedro Vallín. La civilización es un avión que cae
Las películas de aviones son un subgénero del cine de catástrofes, pero donde residen los valores de la civilización actual es en 'May Day: catástrofes aéreas'
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Ahora que vuelve '¡Agárralo como puedas!', sin Leslie Nielsen ni O. J. Simpson, ambos por motivos luctuosos sobradamente conocidos, apetece recordar la génesis del éxito de la terna Zucker, Abrahams, Zucker (los tres directores conocidos con el acrónimo ZAZ), que fue su parodia de los accidentes aéreos, '¡Aterriza como puedas!' (1980), en la que caricaturizaban todos los elementos del subgénero para convertirlos en una gamberrada de colegio mayor con insospechado éxito y gracia. Los setenta fueron una época singularmente fecunda para el cine de catástrofes, pero muy especialmente para la saga 'Aeropuerto', iniciada en 1970 por los directores George Seaton y Henry Hathaway. Quizá porque los aviones comerciales grandes, cargados de centenares de personas, eran un fenómeno relativamente nuevo, con apenas veinte años de vida, y aún al alcance de muy pocos.
No es la primera vez que traemos aquí el cine de desastres aéreos por componer una de las liturgias narrativas simbólicamente más felices y fértiles de la historia del cine. El avión en sí es una cápsula social concentrada donde, al igual que en la narrativa de náufragos, en cuanto los pasajeros son obligados a interactuar, se despliegan roles sociales y jerarquías sin excepción, ya hablemos de las películas originales de 'Aeropuerto' (1970-1979), pura ficción, como en las basadas en hechos reales, tales como 'United 93' (2006), de Paul Greengrass, o las de género, como su coetánea, la inefable 'Serpientes en el avión' (2006), de David R. Ellis, o la angustiosa 'Plan de vuelo: desaparecida' (2005), de Robert Schwentke, título notable del subgénero “hagamos que Jodie Foster sufra”. Por cierto, nótese el furor repentino de las películas aerotransportadas en el arranque del siglo. Como si en 2001 hubiera pasado algo malo con los aviones.
El avión es una sociedad en miniatura: hay clases sociales (primera clase, clase turista), jerarquías (piloto, tripulación, pasajeros), normas (seguridad, cinturones, obediencia), y un destino común. Y el accidente es un laboratorio ético comprimido: ¿quién ayuda?, ¿quién se desespera?, ¿quién mantiene su rol y quién lo pierde? En el avión hay un mesías maldito, el piloto, héroe o antihéroe dotado de un saber arcano, una autoridad casi mítica, pero también una soledad esférica. Cuando cae, lo hace como Prometeo castigado por su saber, o se redime, sacrificándose, y entonces se vuelve una figura crística. Quizá el Denzel Washington adicto al alcohol y la cocaína de 'El vuelo' (2012), de Robert Zemeckis, encarne la versión más atormentada de este mito mesiánico, mientras Tom Hanks, en 'Sully' (2016), de Clint Eastwood, representa la versión más luminosa, aunque a ambos, en tanto mesías, estén obligados a atravesar un calvario.
A la vez, el vuelo encarna quizá el mayor de los triunfos del ingenio humano, del progreso técnico y del dominio sobre la naturaleza. Volar, atributo reservado a dioses y ángeles, se convierte de hecho en algo cotidiano, y robarle la épica al vuelo es quizá el mayor desafío a los dioses que concebirse pueda. El accidente aéreo es el recordatorio cruel de la fragilidad de nuestras conquistas y de la inacabable ira de los dioses, como si Ícaro siguiera cayendo por toda la eternidad para recordarnos nuestra condición mortal. Es, en tal sentido, el epítome del cine de catástrofes, que siempre, sin excepción, es una versión más o menos apócrifa de la leyenda bíblica de la Torre de Babel. Dios detesta las obras de los hombres, por eso destruyó Babel, Sodoma, Gomorra, Lisboa o el 'Titanic', esa urbe flotante. Dios odia la ciudad como una Ana Iris Simón con barba.
Pero donde la humanidad se rebela contra Dios es en 'May Day: Catástrofes aéreas', el factual de National Geographic sobre accidentes aéreos. El programa es un itinerario por todos los bienes de la contemporaneidad civilizada: no hay relato moral, solo humanos errando, no hay pensamiento mágico, solo análisis científicos de causas, no hay prejuicios ni conclusiones precipitadas, y el desenlace son modificaciones legales o propuestas de mejora que no determinan sino que empujan a la política a regular una sociedad mejor y más segura, donde los beneficios empresariales no pongan en peligro a la comunidad. 'May Day: catástrofes aéreas' es pues la antítesis del 'true crime' (el género de 'realities' sobre crímenes de la vida real), bañados en la catequesis. Y es, sobre todo, el mayor enemigo de los Iker Jiménez, de sus insidias morales, de sus medias verdades, de su pensamiento mágico y de su militancia en la paranoia. Si la Ilustración, el positivismo, el racionalismo y los valores de la modernidad tienen un ejército esa es la NTSB, la Junta para la Seguridad en el Transporte. Por eso Trump, como un dios iracundo del Antiguo Testamento, los odia.
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