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'La homilía' de Pedro Vallín. La Groenlandia de Lex Luthor
La obsesión de los supervillanos con la promoción inmobiliaria fue una constante de Hollywood durante el reaganismo que hoy ratifican los planes de Trump para Gaza
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El presidente Donald Trump ha prometido construir en la Gaza arrasada por Israel una versión gigante de Marina D’Or Ciudad de Vacaciones, una de las pesadillas distópicas que trajo el enloquecido tramo final de la burbuja española del ladrillo. Esta constante es conocida como 'el martillo de Maslow', 'efecto Einstellung' o 'ley del instrumento' y su formulación más conocida es “a quien solo tiene un martillo, todo problema se le parece a un clavo”. Es decir, cuanto más limitados son nuestros conocimientos y herramientas para desempeñarnos en el mundo, más tendemos a resolver cualquier problema desconocido con un remedio viejo, vulgar e inadecuado. Los déficits de comprensión del presidente estadounidense sobre cualquier asunto sofisticado son tan evidentes y sus propuestas habituales tan ridículas que a nadie extraña ya que su solución para uno de los conflictos más enconados y complejos del planeta sea la que Lex Luthor (Gene Hackman) había ideado como gran estafa inmobiliaria en el 'Supermán' (1978) de Richard Donner: convertir los desiertos de Nevada y Arizona en costa, reventando la falla de San Andrés y hundiendo California en el Pacífico, para convertirlos en un gran destino turístico. Los niños pera de escuela de negocios suelen aludir a estos procesos con la expresión Schumpeter “destrucción creativa”, que no es más que blanquear el concepto marxista de la aniquilación de la riqueza como ciclo capitalista que garantiza la siguiente fase de enriquecimiento.
La peculiaridad del asunto es que el capitalista cíclico amarrado al sector del ladrillo como único y rudimentario mecanismo de enriquecimiento –negando ese elogio de la inventiva y el progreso que la mitología neoliberal asocia a la competencia– es una constante que el cine fantástico y de ciencia ficción utilizó para caracterizar a alguno de sus supervillanos. Así por ejemplo, el Lex Luthor de Gene Hackman mezcla lo ramplón de su objetivo (vender muy caras fincas que se compraron por nada) con la impresionante sofisticación de la ejecución (amputar un Estado entero al mapa de Estados Unidos robando misiles nucleares). El Lex Luthor de Kevin Spacey en 'Superman returns' (2006), que se pretendía una continuación y homenaje a la obra de Donner, insistía en el asunto de la promoción de suelo, robando los cristales de la Fortaleza de la Soledad para, combinándolos con kryptonita, crear un nuevo continente en mitad del Atlántico norte en el que hacer fortuna a base de bienes raíces. Al lado de la Groenlandia, una gigantesca Luthorlandia.
En la serie de películas de 'Robocop' (1987-1993), en manos de Paul Verhoeven y Frank Miller, la empresa Omni Consumer Products (OCP) no solo aspira a la privatización de los servicios municipales de policía sino también a gentrificar Detroit desahuciando a los habitantes de los barrios pobres para construir su desarrollo urbano, Delta City. De hecho, durante el cine del 'reaganismo', es decir, en los ochenta, la maqueta de metacrilato de un barrio de rascacielos en el despacho de un CEO o un ejecutivo era la forma de caracterizar al malvado de la película.

Uno de los más recordados episodios de la revolucionaria 'Batman The Animated Series' (1992), de Bruce W. Timm, titulado 'Cita en el callejón del crimen', retomaba el asunto de la gentrificación de un barrio degradado impulsada por los desahucios y el hostigamiento de un mafioso, en este caso Roland Daggett, en una trama muy similar a la de 'Robocop'. José Luis Garci y Eduardo Torres Dulce retomaron esta idea en su 'Holmes & Watson: Madrid days' (2012), la de convertir a Jack el Destripador en un agente del cambio y la modernización urbana, algo que ya aparecía sugerido en la novela gráfica 'From hell', de Alan Moore, y en su versión de cine, 'Desde el infierno' (2001), de los hermanos Hugues. De algún modo, toda transformación urbana radical ha tenido algo de 'limpieza', lo que significa desplazamiento de los vecinos y su reemplazo por otros más aseados. El fabuloso documental 'En construcción' (2001), de José Luis Guerín, da testimonio de la transformación del barrio chino de Barcelona, víctima de los planes modernizadores de la ciudad, otra de esas soluciones urbanas en las que no estaba claro cuánto crimen real había y cuánto se instigó para dar coartada al desahucio y la retroexcavadora. Y no hace falta explicar por qué de repente el tráfico de drogas que la policía desplazó hace décadas de Las Barranquillas de Madrid a un tramo de La Cañada Real no había sido un problema hasta que hubo que limpiar las vistas de las terrazas del nuevo barrio de los Berrocales.
Es justo decir que el canon fue cambiando según la mafia se alfabetizaba. Así aparecieron los empresarios o altos ejecutivos vinculados a la investigación y la innovación, versión posmoderna del científico loco del siglo XIX, como veíamos con las sucesivas 'Iron Man' (2005-2010), de John Favreau, en las que Robert Downey Jr. combate contra rivales industriales como Justin Hammer (Sam Rockwell) o Aldrich Killian (Guy Pearce), incluso en el Lex Luthor de Jesse Eisenberg, de 'Batman v Superman: el amanecer de la Justica' (2016), de Zack Snyder, y así los planes se volvían más armamentísticos y menos ladrillistas.
Esa es pues la tormenta perfecta, la alineación imposible que habita hoy la Casa Blanca: el empresario innovador y lleno del rencor de Hammer y Killian que cree que puede comprarse la Nasa y hasta el país, acompañado del empresario cuya única actividad conocida consiste en construir torres y casinos, quebrar, y construir otras torres y casinos con el dinero de sus acreedores, al que Gaza también le parece un clavo. Juntos, podrían peatonalizar Marte y hacer allí su propia ciudad. Que sería, seguro, como la que soñaba Bender, el robot de 'Futurama', para la Luna: “Con casinos y furcias”.
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