Entrevistas
Bruno Dumont: “El Cannes de las preguntas cinéfilas ya no existe, pero no soy un nostálgico”
Hablamos con el dos veces ganador del Gran Premio del Jurado de Cannes sobre 'El imperio', su última película, y la trayectoria que acaban de reconocer en el D'A

El Festival de Cannes que encumbró a Bruno Dumont como uno de los cineastas más inclasificables del cine francés ya no existe. Eso es lo que piensa un director que rozó dos veces el cielo en la Croisette (ganó el Gran Premio del Jurado en 1999 con ‘La humanidad’ y en 2006 con ‘Flandres’) y que anoche recibía el Premio D’A de manos de Paz Lázaro en reconocimiento a una personalidad incorruptible, encaje más o menos en el cine y la mentalidad de hoy. “Desde que llegué ayer a Barcelona las preguntas que me habéis hecho los periodistas son las que me hacían en Cannes hace veinte años. Preguntas cinéfilas e interesantes. Todo eso en Cannes ya se ha acabado, pero no soy una persona nostálgica”, explica el cineasta a medio camino del piropo y el la resignación.
Dumont, conocido por su tendencia a mezclar estrellas del cine galo con actores no profesionales, filmar en el norte del país y subvertir cada género que pisa, está en Barcelona para recibir un homenaje y presentar su último trabajo: ‘El imperio’. Su primera incursión en la ciencia ficción ha sido bautizada por algunos como una parodia de Star Wars, aunque el autor de ‘La alta sociedad’ prefiere no hablar de su trabajo en esos términos.
Vamos, entonces, con los hechos objetivos. La historia de ‘El imperio’ transcurre en un tranquilo y pintoresco pueblo de pescadores de la Costa de Ópalo. Un día, por fin ocurre algo: nace un bebé especial, un niño tan único y peculiar que desata una guerra secreta entre fuerzas extraterrestres del bien y del mal. “La película es un reflejo del mundo binario en el que vivimos actualmente. Me gustaba la idea de reflejar la violencia del mundo en que vivimos y la polarización constante en el ambiente”.
Hoy vas a recoger el Premio D’A en reconocimiento a tu trayectoria y tu personalidad como cineasta. Los primeros honoríficos obligan, de alguna manera, a mirarse en el espejo. ¿Es el legado algo que tienes en cuenta cuando hace películas, teniendo ahora 67 años y una docena de proyectos a tus espaldas?
Muchas veces me sorprende la forma en que se comenta y se analiza mi cine. Yo no tengo esa distancia con mi obra. Vivo mucho en el presente, en lo que estoy haciendo en ese momento y en dónde debo poner la cámara o cómo puedo resolver los problemas que van surgiendo en mi trabajo. A veces me hacen preguntas que me sorprenden, pero también me ayudan a pensar en lo que estoy haciendo porque, como decía, me cuesta ver mi trabajo desde fuera. Lo vivo y lo voy haciendo sobre la marcha.
Has dicho que prefieres trabajar con actores no profesionales a pesar de que no sean tan buenos actores. Sobre ‘Jeanne’, por ejemplo, dijiste que preferías a Lise Leplat Prudhomme aunque no cantara tan bien como otras candidatas. En ‘El imperio’ hay una propuesta a medio camino de la fantasía y la ciencia ficción, pero nunca intenta tener el acabado clásico de estas películas. ¿Crees que la perfección y lo académico pueden ser un obstáculo para el cine?
Absolutamente. No me interesa la perfección en el cine. Lo que me atrae es jugar con la perfección y la imperfección. Es algo que sube y baja todo el rato. Alguien que es perfecto todo el rato no me interesaría en absoluto. Creo que las personas estamos cambiando todo el rato. Alguien malo puede ser bueno y al revés. Una persona buena puede hacer cosas que estén mal. Los seres humanos somos como un trombón que va subiendo y bajando. Creo que es algo que define mi manera de pensar y de hacer cine. Fíjate en ‘Los miserables’, de Víctor Hugo. Al principio Jean Valjean es un bandido y después se acaba volviendo un señor muy respetable y una gran persona. Esas son las historias que me interesan.
¿Crees que ‘El imperio’ captura de alguna manera el mundo en el que vivimos hoy en día? Todo el mundo se cree el protagonista, estamos rodeados de villanos y nadie es capaz de entender muy bien lo que está pasando. ¿Sientes que ese estado de ánimo está presente de alguna forma en tu última película?
En francés 'numerique' significa también digital, además de numérico. La película se refiere a los personajes de ambos lados como ceros y unos. Eso es un reflejo del mundo binario en el que vivimos actualmente. Me gustaba la idea de reflejar la violencia del mundo en que vivimos y la polarización constante en el ambiente. Creo que la juventud de hoy en día está muy estropeada por este mundo digital y binario.

Muchas críticas han hablado de guiños a Star Wars. Disney es muy protectora con el copyright de la imaginería de la saga. ¿Tuvieron que investigar hasta dónde podían llegar en la representación de los sables láser?
Solo son unos pequeños elementos los que remiten a Star Wars. Nos acogimos al derecho de cita. Son cosas muy superficiales y no representan demasiado en el conjunto de la película. Al final Star Wars era un peplum galáctico. La historia del cine está llena de películas que se alimentan las unas de las otras.
‘El imperio’ es la tercera película que has hecho con Fabrice Luchini. De hecho, has dicho que la escribió para él. ¿Cómo acabaron creando juntos ese villano que se viste como Pierrot?
Luchini y yo nos conocemos muy bien. Es un gran actor, un comediante que también hace dramas. Lo que pasa es que es alguien que necesita referentes. Por ejemplo, en ‘La alta sociedad’, le ayudó el vestuario. En ‘El imperio’ le prestamos mucha atención a toda la concepción visual del personaje. El peinado está sacado del ‘Fausto’ de Murnau y el traje es el de Luis Jouvet interpretando a Don Juan y Louis Jouvet. Luchini siempre le ha admirado mucho, así que estaba encantado de seguir sus pasos. Eso es lo que le dio la teatralidad que tiene su interpretación. Eso es lo que le permitió entrar en el personaje. A partir de ahí lo único que tuve que hacer es graduarle como si fuera un trombón.
¿Es más fácil explicar el tono y las intenciones tan particulares de tus películas a los actores no profesionales, tan habituales en tu filmografía, que a los actores con formación que pueden venir acompañados de una serie de vicios y prejuicios?
Me gusta trabajar con ambos perfiles. Los actores profesionales me permiten ir más lejos en la fantasía y los actores naturales, por decirlo de alguna forma, tienen una materia prima mucho más bruta. Es como si fueras un escultor y ellos la piedra con la que trabajar. No tienen las inquietudes artísticas de los actores profesionales y son más limitados, pero me permiten hacer otras cosas. Por eso siempre intento que haya ambas cosas en mis películas.

Siempre se ha dicho que tus películas son realistas, pero al mismo tiempo nunca representan del todo el mundo real. Siempre hay elementos que subvierten las reglas de los géneros. Ya pasó con la comedia y el musical y ahora con la ciencia ficción.
El arte siempre ha sido una representación. No me interesa repetir la realidad, sino transformarla. La vamos a transfigurar y metamorfosear. Esa ha sido siempre la función del arte y del cine. A su manera, ‘El imperio’ también es una reformulación de la realidad.
El Festival de Cannes ha sido una parte fundamental de tu carrera, pero no es exactamente el mismo lugar ahora que cuando compitió por primera vez en 1999. Ahora el perfil de las ganadoras es diferente y de alguna forma parece que ha entrado en el juego de los Oscar. ¿Qué piensa del viraje del festival?
Eso es exactamente lo que ha pasado. Desde que llegué ayer a Barcelona las preguntas que me habéis hecho los periodistas son las que me hacían en Cannes hace veinte años. Preguntas cinéfilas e interesantes. Todo eso en Cannes ya se ha acabado, pero no soy una persona nostálgica. Creo que el mundo evoluciona y es así, y yo no soy quién para juzgarlo desde un punto de vista moral. El cine lo que hace es reflejar el mundo tal como es. Antes el mundo era diferente. Ahora es de otra manera, pero sigue siendo interesante. Yo no soy un moralista. No quiero decir cómo tiene que ser el mundo, simplemente lo reflejo. No quiero ser alguien que diga cómo tiene que ser la nueva sociedad. Como decía Charles Péguy en su obra sobre ‘Juana de Arco’, “los hombres son como son, nosotros tenemos que pensar en lo que tenemos que ser nosotros por nuestra cuenta”. Creo que el cine de hoy se ha vuelto muy moralista, muy purgado y piensa mucho en las cuestiones de los hombres, las mujeres, las minorías y todo esto. Yo no tengo ningún problema con las minorías, es algo que está muy bien, pero creo que no se tiene que hacer por obligación porque eso es una manera de limitar la libertad creativa y limitar la libertad es un poco aburrido.
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