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'La homilía' de Vallín. 'Deadpool' es la Nada que devora Fantasía: una reivindicación de la ficción
La ruptura de la cuarta pared y los chistes metacinematográficos son una abdicación de los deberes de la ficción. El antídoto es Bastián habitando dentro de esa ficción
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La caída del velo que convencionalmente separaba lo íntimo y lo público, lo privado y lo social, de la que hemos hablado en Kinótico semanas atrás, no es un fenómeno originario de la revolución digital sino un fruto de la modernidad de las sociedades occidentales y su progresiva transparencia. En cierta medida, está relacionado con la muerte de los dioses y el triunfo del positivismo ilustrado, con el fin de la magia como elemento vertebrador del mundo. Aterrizando en el cine, un complemento de carácter excepcional como eran los documentales sobre rodajes se convirtió en ordinario a partir ya de los años ochenta. De catedrales como 'Corazones en tinieblas' (1991), de Eleanor Coppola, sobre el rodaje de 'Apocalyse Now' (1978), a los prosaicos y estandarizados making of, el cine se convirtió en un mago empeñado en explicar sus trucos, cortejando el escepticismo de los espectadores. La suspensión de incredulidad y la desaparición del yo consciente en la sala, condición de posibilidad del hecho cinematográfico, fueron puestas contra las cuerdas.
El impulso era virtuoso en origen: buscar lo genuino, hallar lo verdadero detrás de los velos de las convenciones sociales, los dogmas religiosos o los relatos políticos. Las sociedades occidentales, por así decir, querían que todos los relojes del mundo tuvieran una esfera transparente que permitiera contemplar el delicado mecanismo de filigrana que mueve las agujas. En pos de esa autenticidad, la sinceridad cruda sustituyó como ideal de conducta a las convenciones del respeto cortés y de los buenos modales.
'Matrix' (1999), de las hermanas Wachowski, explica ese tránsito, que cierra el siglo XX y da paso al XXI: nadie quería ser Cifra y comerse el suculento filete de ficción, por sabroso que estuviera, todos queríamos ser Neo y poder ver la catarata de números verdes, el bastidor del mundo aparente, aunque eso nos llevara a habitar en un pozo infecto y oscuro. 'Matrix' es pues una enmienda a la totalidad de 'Tron' (1982), la célebre película de Steven Lisberger para Disney.
Ambas juegan con la posibilidad de romper la cuarta pared que separa la ficción y la realidad, pero en sentido opuesto: el optimismo tecnológico de 'Tron' reivindica la posibilidad de habitar en la fantasía y obtener de ella no solo aventura sino también crecimiento moral. El mundo digital de 'Tron' requiere ser salvado de la tiranía, pero en sí, no es problemático. 'Matrix', sumida en un pesimismo existencial, considera que la fantasía es corrupción en sí, pues es mentira, y solo contempla como legítimo el infierno de lo real. Una ve la ficción como complemento de la experiencia humana, mientras la otra solo ve en ella una trampa alienante.
De algún modo, 'Matrix' es una ficción que impugna la ficción misma. A pesar del futurismo de la propuesta de ambas películas, la dialéctica entre realidad y fantasía y el rasgado del velo que las separa son un asunto recurrente en la literatura y el cine. Como explicó el nuevo Académico de la Lengua Javier Cercas en su discurso de ingreso, las novelas consideradas fundadoras de la literatura moderna, 'El Quijote' y 'Madame Bovary', están protagonizadas por sendos lectores que quieren ensanchar sus vidas convirtiéndolas en ficción: tratan de vivir según los tropos que han aprendido del heroísmo caballeresco y del ideal romántico del amor, respectivamente, para emanciparse de unas vidas que les son insuficientes.
El protagonista de 'Tron', el programador Flynn (Jeff Bridges), es pues un Alonso Quijano que fabrica su propio mundo de fantasía caballeresca para habitarlo, pero hay otros ejemplos de ese viaje quijotesco más directos, como el de Bastian Baltasar Brux que vive la experiencia bilocación de habitar el libro que está leyendo, 'La historia interminable', en la novela homónima de Michael Ende llevada al cine por Wolgang Petersen. Y Bastian hace algo más que vivir la aventura de Atreyu: está ahí para salvar ese reino de la imaginación del olvido del prosaico positivismo. Y en el viaje, Bastian moldea la ficción y es moldeado por ella.
Ese amor por la vida que hace que la vida se antoje insuficiente conecta con la interpretación biológica del hecho narrativo: contar y escuchar historias no es solo un artefacto cultural sino un mecanismo evolutivo que nos ayuda a dar sentido, a compartir conocimientos y a sobrevivir en comunidad. Y sin embargo, desde la impugnación de 'Matrix', y antes, desde 'La rosa púrpura del Cairo' (1985), en la que los personajes salen de la pantalla de cine, la realidad se propone como superior en aprendizaje y verdad.
Esa siembra de escepticismo ha hecho que la ruptura de la cuarta pared, con personajes que se dirigen al público haya dejado de ser un recurso excepcional para instalarse como un estándar: por eso las películas se han llenado de bromas metacinematográficas –chistes que requieren de un público consciente, es decir que impiden la desaparición del yo en la sala– y de rupturas del velo en las que la ficción, como el reloj de esfera transparente, desnuda sus mecanismos en un ejercicio de franqueza que es también una rendición: de eso tratan las películas de 'Deadpool', como bien vio venir el crítico Alberto Corona, de renunciar a los mecanismos inherentes a la ficción, como si se dieran por agotados. Hay en ello un triste ejercicio de cinismo.
Porque la ruptura de la cuarta pared busca conectar con una audiencia escéptica, más dispuesta a humillar al mago que a maravillarse ante el prodigio. Lo que se vende como franqueza es, en el fondo, un acto de cobardía, la abdicación de los deberes de la ficción, que en su deber de hacernos reír y llorar nos devuelve a una inocencia primordial. En cambio, 'Deadpool', persiguiendo la aprobación del escéptico, insultando al crédulo, parece preguntase ¿por qué comprometerse con una emoción genuina si puedo hacer chistes al respecto de esa emoción? 'Deadpool' es la Nada que devora Fantasía y contra ella necesitamos un dragón de la suerte que nos recuerde que las luces del cine se apagan para no vernos, para desaparecer dentro de la película.
Seguiremos con ello la semana que viene, pero quiero aclarar a los seguidores de la Nave del Misterio y su carromato de buhoneros que lo que reivindicamos es la ficción. No la mentira.
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